Lo volvería a hacer

Sé que muchos vecinos de Fuertevientos hoy siguen todavía convencidos de que lo ocurrido aquel verano de 2009 fue cosa de nuestra patrona, la Virgen de los vientos. Quizás sea mejor que sigan creyéndolo así y me guarde para siempre la verdadera historia, la que yo sólo conocí de boca de su único protagonista, que hoy es mi amigo.
Todo ocurrió un sofocante doce de Febrero, mes en que las corrientes térmicas traían el calor del desierto de las Salinas Rosas. A nadie en Fuertevientos se nos olvidará nunca esta fecha. Fecha en que, por supuesto, estaban siempre presentes los asedios de nuestro viento inagotable con el que ya vivíamos resignados; un viento que, para que se hagan una idea de lo obstinado que era, ya desde tiempos de los moros y cristianos no paró de lamer con su lengua de arenisca el último monte que actuaba de muralla natural, hasta que consiguió despejar el camino y quedarse con nosotros. Desde entonces, y sin faltar un solo día del año, este viento pesadísimo viene a trabajar a Fuertevientos de seis de la mañana a ocho de la tarde y luego, como un reloj y sin una explicación científica, acaba la jornada retirándose a Gimena de los Venteros, el pueblo colindante.
Esto del viento parecerá intrascendente, pero he de decir que nuestro aire hostil y revoltoso jugó un papel clave en esta historia.

Se llamaba José Antonio y, por lo que me contaba en la cárcel meses más tarde cuando le visitaba, conducía satisfecho un Renault Megane blanco alquilado por la Comarcal F52, dirección a algún lugar del sur donde esconderse por un tiempo. Nadie lo diría por su buena planta, las canas bien puestas y engominadas, el fular de seda y la cazadora de ante pero, según descubrí después, venía de robar una sucursal bancaria en la ciudad.
—Cada dos por tres, miraba de reojo la bolsa de plástico con el millón de Evelinos (nuestra divisa local) en el asiento de al lado—me decía Jose Antonio en la sala de visitas, desde el otro lado del cristal blindado—, y no dejaba de imaginar la cara que pondrían mi familia y mis empleados cuando les diera la noticia: «La imprenta y nuestros puestos de trabajo están salvados». La crisis nos estaba asfixiando amigo mío y los banqueros nos daban la espalda cuando más les necesitábamos. Cómo disfruté viendo, a través de la careta de cerdito, la cara del director cuando le apuntaba.
Dentro del coche yo iba repitiendo como un poseso: «En cuanto pase un tiempo y se olviden de mí, ponemos las máquinas de nuevo en marcha». Y aporreaba nerviosamente el volante en señal de triunfo pero también para tener las manos ocupadas; No dejaban de temblar después de asaltar la sucursal con la pistola de juguete.
Todo le estaba saliendo bien a Jose Antonio. Hasta ese momento.
—Seguro que fueron los nervios acumulados y las caladas del purito después del café a medio camino, el caso es que empecé a tener unos retortijones muy amenazadores y me puse a buscar una estación de servicio —Jose Antonio chascaba los dientes cuando lo recordaba. Aunque nunca, tras meses de ir a visitarlo y de ir haciendo migas, lo vi apesadumbrado o derrotado; Al contrario, siempre se mostraba jovial, cercano y, a pesar de estar allí encerrado, cuidaba su aspecto personal y parecía descansado.
Enfundado en un mono amarillo de presidiario y jugueteando con la patilla dorada de las Ray-ban, me contaba que pasaron unos cuantos kilómetros hasta que vio la señal de la gasolinera y pudo salir de la autopista.
—Conduje el Megane otros cinco kilómetros pero la dichosa estación no aparecía por ningún sitio; el apuro y los sudores iban en aumento; luego, diez kilómetros más y nada, solo campos resecos salpicados de piedras; quince más, ¡Dios, no puedo más! ¡José, aprieta que ya llegamos, que ya llegamos!, me animaba ya desesperado. Y a los treinta y ocho kilómetros, ya a punto de parar en el arcén y aliviarme, vi por fin el totem de Fuerte-Petrol.
A medida que me aproximaba a la gasolinera, los silbidos de un viento jamás visto eran cada vez más estremecedores. Sus embestidas zarandeaban más el coche y el ejército de remolinos de arena que levantaba a su paso, sólo, de no ser por la urgencia biológica, me hubieran hecho dar media vuelta y huir de allí. No me explico cómo sois capaces de vivir con ese viento —me decía llevándose el índice a la sien—, debéis de estar la mayoría sonados.
Eran las siete de la tarde cuando el destino nos trajo al pueblo a Jose Antonio. Y al viento le quedaba aún una hora de faena en Fuertevientos…
—No me fue nada fácil abrir la puerta porque aquel vendaval impertinente se había propuesto encerrarme dentro del coche. Al tercer empujón con todo el cuerpo y totalmente a la desesperada, conseguí salir.
Tampoco fue fácil llegar hasta la puerta del establecimiento si además de cargar con la bolsa con el botín —me negaba a dejarla sola en el coche—, tenía que cubrirme como podía de las oleadas de arena, empeñadas en borrarme la cara. Dando pasos de borracho, poco a poco le fui ganando terreno al huracán. Pero fue, a dos pasos de alcanzar la tienda, cuando un golpe de viento por lo menos de fuerza ocho, me hizo perder el equilibrio hacia atrás, soltar la bolsa y caer de culo. Te juro que entonces lo vi todo a cámara lenta: La bolsa, por la que me había jugado hasta la vida, volando por los aires, luego cómo se iba deshaciendo el nudo de la bolsa y cómo comenzaban a escapar los billetes de cincuenta, cien y quinientos y convertirse en un millón de pájaros que formaron una bandada multicolor, perfectamente sincronizada, que se fue volando en dirección a Fuertevientos.
¡Dios!, no te puedes llegar a imaginar lo que grité de rabia y de impotencia. Y no sabes la de polvo que me tragué mientras me cagaba en mi mala suerte —Jose Antonio dejó tranquila una patilla de las gafas y se dedicó a jugar con la otra—. Pero la necesidad fisiológica me pudo más que el haber perdido mi tesoro y me presenté en la pequeña tienducha de FuertePetrol con la cara blanca de polvo, de furia y de descomposición.
Según nos contó luego Eva, la dependienta, cuando lo vio entrar, ella estaba detrás del mostrador haciendo un crucigrama y rodeada siempre de sus revistas, accesorios de coche y pizzas cubiertas bajo tres capas de polvo. Seguramente Eva le saludaría con su habitual sonrisa forzada, tan árida como nuestros paisajes, y le soltaría su famosa frase: «Buenas, ¿Tiene tarjeta de puntos Fuertepetrol? Tenemos pan recién hecho.» Pero por su cara desencajada Eva se percató de que el hombre no estaba para leches.
—¡No, no, el lavabo, el lavabo, el lavabo por favor! —suplicaba Jose Antonio.
Siguiendo la dirección que Eva le marcó con el índice, Jose Antonio corrió sin correr para no hacérselo encima, pero cuando llegó ya era tarde; ya con las tripas y los músculos rendidos, lo que pasó dentro del lavabo, según me confesó, fue una desgracia.
—Al cabo de media hora, contaba Eva, el hombre se me acercó, con la cara del que acaba de perder un ser querido, y con voz de ultratumba me preguntó:
—¿Este viento de los cojones es normal por esta parte?
—Sí señor, es de aquí, de Fuertevientos—. Le dije.
—Es que… me volaron unos documentos al entrar…
—Ah, entonces tranquilo, estarán en Fuertevientos, allí es
donde suelta lo que se lleva. ¿Seguro que no le interesa la tarjeta de puntos de Fuertepetrol?, le insistió, pero aquel hombre tan extraño ya salía por la puerta.
Según me contaría el propio José Antonio, jamás había corrido tanto con el coche en toda su vida para perseguir su nube de sueños que ya debía de haber llegado a Fuertevientos.
No eran todavía las ocho de la tarde cuando se adentró lentamente con el coche por las calles del pueblo, con la cara pegada al parabrisas, tratando de localizar su botín volante. Ni por asomo se hubiera bajado del coche para luchar de nuevo contra los vapuleos del viento.
—¿Cómo puede ser que no hubiese nadie a esa hora? Pensé que debía estar todo el mundo en el entierro de alguien—. Se preguntaba Jose Antonio al ver nada más que calles desiertas, comercios cerrados y carreras de bolsas de plástico y papeles de periódico —. El único contacto que tuve con seres vivos fue visto y no visto ya que iba viendo movimiento de visillos desde las ventanas y siluetas humanas que se asomaban y se quedaban mirándome.
Cuando llegué a la plaza porticada del pueblo y aparqué junto a una camioneta oxidada, toda la vida que había se reducía a un galgo despatarrado bajo uno de los plataneros deshojados, que levantó pesadamente la cabeza para mirarme, se llevó la pata trasera para rascarse la oreja y volvió a dormirse. (Llamamos galgos a los perros locales porque no hay uno que no acabe esquilado a conciencia por la maquinilla del viento)
Imagino la sensación que tuvo José Antonio al ver la plaza desierta mientras los lugareños aguardábamos en casa a que se fuera el viento a dar la murga a Gimena. Rodeada de plataneros desnudos y en frente del ayuntamiento sin banderas, debió fijarse en la estatua ecuestre de Teodomiro II, que también el fum fum del soplar se encargó de moldear y deformar a su antojo, convirtiendo al rey y su caballo en una escultura abstracta.
A esas horas en la plaza no habría flores que cortar, ni chicas guapas a quién regalarselas, no habría migas de bocadillos, ni palomas picoteándolas, ni niños persiguiéndolas, ni mamás que persiguieran a los niños, ni abuelos sentados al borde de la fuente disfrutando de la lozanía de las madres, ni el clásico chorrito de agua que tienen los pueblos. Y las ventanas y terrazas estarían tapiadas por portalones descoloridos, y vería que la piedra de los edificios tienen caries de estar tantos y tantos siglos recibiendo los embates de la arena removida y vuelta a remover.
—Justo cuando daba todo por perdido y me volvía al coche, vi aparecer la nube de billetes por encima de la plaza —seguía contándome Jose Antonio, desde el otro lado del locutorio, sin perder el mínimo detalle —. El viento estaría aburrido de jugar y dejó caer el millón de Evelinos. Los miles de papeles de colores, se desperdigaron por todos lados como si aquello fuera una fiesta de confeti. Parece que el viento la tomó conmigo porque, cuando me vio correr y abalanzarme a por mi dinero al centro de la plaza, arremetió de nuevo contra mí y se lo empezó a pasar en grande viéndome luchar por mantenerme de pie y perseguir billetes.
Por primera vez en la historia de Fuertevientos estaba ocurriendo algo jamás imaginado: Que la fortuna cayera del cielo en aquel pueblo que dejó de creer hacía tiempo en quinielas, sorteos ni premios gordos de Navidad.
—A los pocos minutos, vi por el rabillo del ojo a dos, tres, cuatro personas alrededor mío que ya corrían detrás de los billetes. Arrastraban unas enormes y pesadas faldas que luego me enteré que las llaman Plomadellas e iban cargadas de plomos para lastrarles contra la mala leche del viento. «¡No, no, este dinero es mío, no lo toquéis!» les gritaba yo impotente de ver cómo aquella horda enfervorecida me robaba lo que con tanto esfuerzo había robado yo antes. Pero fue inútil. Ellos seguían con la vendímia: las mujeres se metían los billetes dentro de los sujetadores o hacían bolsas improvisadas con las faldas, los hombres los amontonaban dentro de sus camisas, los niños se los entregaban a puñados a los más viejos que hasta se los metían debajo de las boinas. Aquello era un desenfreno.
—¡Gracias Madre, gracias!—Exclamaba la muchedumbre dirigiéndose al cielo, entrelazando las manos y santiguándose.
Entre todo aquel enjambre de recolectores, estaba yo, como un vecino más acudiendo a la llamada de aquel regalo caído del cielo. Ya llevaba unos cuantos miles de Evelinos estrujados en los bolsillos cuando me tropecé con Jose Antonio que estaba sentado en medio de la plaza. No entendía qué hacía aquel desconocido allí, llorando a moco tendido. En cada mano tenía un sólo billete de diez. Es todo lo que había conseguido cazar. Me impresionó tremendamente su cara de hombre bueno mojada en lágrimas y lo vi totalmente derrotado. Alguna conexión tenía que haber entre Jose Antonio y aquel follón.
—¿Es tuyo todo este dinero? —le pregunté.
—Sí —me contestó secamente y sin levantar la vista mientras se restregaba los mocos con la mano.
—Toma. Es todo lo que he podido recoger —le dije ofreciéndole con las dos manos las dos pelotas arrugadas que me saqué de los bolsillos.
Pero Jose Antonio se levantó con dificultad, ni me miró, se dirigió hacia su coche como un zombie y se fue de allí dejando atrás una verbena inundada de cánticos y brindis con porrones y botas a la Patrona y también a un viento que, por una vez en la historia, les había traído dicha y no polvo ni arena. Pero el viento no estaba ya para celebrarlo con ellos. Se había ido a Gimena de los Venteros.
A Jose Antonio lo detuvieron a la salida del pueblo. La noticia del milagro llegó pronto a oídos de la policía del Gobernador que no tardaron en atar cabos y en menos de media hora montaron un cordón policial para esperarle.
La noticia de su arresto no llegó a Fuertevientos como tampoco llegaba la última moda de la ciudad, ni los periódicos porque no había pisapapeles en el kiosko lo suficientemente pesados, ni telenoticias porque nadie en su sano juicio plantaría una antena de televisión en su tejado. Por eso quedó para siempre grabado en el ilusionario de los fuerteventeros, que ese día la Virgen bendijo Fuertevientos y les devolvió la fé.
A mí aquella noche me costó conciliar el sueño. ¿Qué le pasó a aquel hombre realmente? No me quitaba de la cabeza su cara embadurnada de polvo y los surcos de lágrimas grabados en las mejillas. Investigando un poco, acabé dando con su paradero y, desde entonces, acabé visitándole todos los sábados durante su encarcelamiento.
—Mi familia se enteró de todo cuando les llamé desde prisión la noche del arresto. —Me confesó José Antonio en la sala de visitas de la cárcel cuando ya nos cogimos confianza —¿Y sabes qué pasó entonces?
—Pues no —le contesté.
—Que comencé a recibir cientos de cartas de apoyo, ya no solo de los empleados de la imprenta, sino de otros pequeños empresarios que pasaron por lo mismo que yo con sus bancos. Hasta recibí una carta muy emotiva de un empresario del sector del juguete que había robado en otra sucursal y le pescaron cruzando la frontera.

Entre la reducción de condena y su buen comportamiento, José Antonio se pasó trescientos sesenta y cinco días repitiéndole a su conciencia que lo hubiera vuelto a hacer. La mañana que salió por la puerta de la prisión de San Juan de Lobos, con sus Ray-ban puestas, su fular y su cazadora de ante, no sólo estaban esperándolo su mujer y sus dos hijos, sino la plantilla al completo de trabajadores de su imprenta y yo, su mejor amigo de Fuertevientos.

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