Angela

Lo único que le quedó de bueno fue su nombre: Angela. Durante dieciséis años, su madre la empachó a base de misas piadosas, ejercicios espirituales y rosarios en casa de sus amigas y, en lugar de hacer de ella una monja como le hubiese gustado, el día de todos los santos Angela vomitó una pasta verdosa y espesa y se convirtió, sin darse cuenta, en un angel caído.
Ese mismo día, su madre estaba en su habitación rezando el rosario. Sentada en una butaquita delante de su pequeño altar lleno de velas encendidas, tallas de Vírgenes y estampitas de santos, iba susurrando los misterios como si estuviera recitando los reyes godos. Cuando Angela entró a contarle lo que le había pasado, todas las velas se apagaron de golpe y la habitación se convirtió en la nevera de una carnicería. En cuanto la madre levantó la mirada y vio en su hija los ojos de Lucifer, sintió una puñalada en el pecho, dejó caer el rosario al suelo y se quedó inmóvil para siempre con una expresión de sorpresa.
Angela, se acercó a ella, besó suavemente su frente fría y se fue de la habitación a hacerse la maleta.

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