Visitas nocturnas

Las tres de la mañana. El salón de visitas de la residencia está medio a oscuras y en uno de los tres sofás, está sentado a un extremo Richard que ha bajado de su habitación para recibir su visita. Viste una camiseta blanca de manga larga y el pantalón de pijama y está descalzo. Con su enfermedad degenerativa, es prodigioso que cada noche sea capaz de llegar hasta allí.
— ¿Recuerdas Rose cuando nos separaron?
— Algo. El Alzheimer se lo llevó todo. Lo único que me dejó para que recordara fue el sufrimiento que viví aquellos días. Cómo iba a olvidar la mañana que llegaron a casa esa sargento y ese hombre gigantesco con batas blancas, acompañados de nuestra hija Silvi, y me sacaron arrastras de mi casa. Mientras me llevaban del brazo, aquella mujer me hablaba como si fuera una cría, «Rose, en nuestro centro te cuidaremos. No te preocupes por Richard, estará bien». Yo miraba a Silvi con los ojos bañados en lágrimas, ¿Qué está pasando Silvi? le repetía y le repetía. «Estarás bien mamá, ya lo verás» Me respondía sin impedir que me llevaran. Yo forcejeaba, desde la puerta miraba atrás y te veía a lo lejos en el salón, de pie, indefenso, llorabas desconsoladamente sin entender por qué y yo no quería dejarte. Tú también estabas enfermo —Rose posa el espectro de sus manos sobre la mano de Richard. Y, aunque él no siente su peso, sí le reconforta el calor que irradian.
— Cuando cerraron la puerta y me quedé allí de pie en el saloncito como un pasmarote, nunca imaginé que sería la última vez que te vería.
— La primera noche de encarcelamiento—Rose prosigue su historia—, intenté escapar y volver a casa contigo. Me puse el abrigo encima del camisón y salí de mi habitación, atravesé el pasillo, estaba todo en silencio, bajé las escaleras hasta la planta baja. Pero, justo cuando llegaba a la puerta principal, una mano fuerte me agarró del brazo y no me dejó salir.
— ¿De verdad que intentaste escapar? Sí señora, esta es mi Rose—dice Richard dando unas palmaditas a las manos invisibles de su esposa.
— Yo cada vez estaba más angustiada, más nerviosa. No quería estar allí, sólo pensaba en ti: ¿Quién le preparará sus purés para que trague bien?¿Quién le vestirá? ¿Quién le sacará a pasear?. No sé si fue al tercer día o al cuarto; llevaba ya dos intentonas y con la tercera se acabó todo.
— Dios mío Rose, cuánto debiste sufrir…
— Estaba decidida a marcharme y nadie me lo iba a impedir. Era por la tarde. Convencida, salí de mi habitación, me pegué a unos familiares que salían de visitar a alguien aunque fue inútil, en el pasillo me volvieron a cazar dos enfermeras. Yo me defendí a puñetazos, les gritaba y, no te lo creerás, llegué a pegar en la cara a una de ellas. Entonces, me agarraron fuertemente entre las dos y, sin saber por donde vino la aguja, sentí el pinchazo. Lo último que vieron mis ojos en esta vida fue aquella fría y horrorosa luz blanca del techo.
—Se pasaron con la dosis que te metieron, seguro. ¡Animales!. Se les escapó de las manos y entraste en shock. Eso es al menos lo que me contó Silvi cuando vino a darme la noticia. Estaba hecha un mar de lágrimas de lo culpable que se sentía.
—Ahora ya pasó todo Richard, ya estoy aquí contigo. Ahora, pensemos en nosotros, dejemos de hablar de aquellos días tan dolorosos —Por un momento Richard cree que Rose le está sonriendo y él le devuelve la sonrisa —¿Te cuidan bien en tu residencia? ¿Comes bien? ¿Te has echado amigos?—Le pregunta Rose interesada.

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