El último concierto

Rosita Franklin Black, la famosa influencer de la música soul, había muerto repentinamente en su domicilio a la temprana edad de diecinueve años. Su hermana Conchi, tres años mayor, fue quien la encontró ya inconsciente: «Yo estaba sola, repasando mis likes en el salón mientras escuchaba a Rosi cantar en el baño, con ese chorrazo de voz envidiable que tenía. Estaba grabando en su móvil su famosa versión de “A natural woman” y, por cómo sonaba, sabía que sus cinco millones de followers se volverían locos con ella en cuanto lo subiera a su canal de Youtube. (Nunca ni en sueños llegaría yo a tener con mis selfies sus mismos followers).
Justo cuando mi hermana estaba cantando el estribillo final, la luz saltó, ella dejó de cantar y nos quedamos completamente a oscuras y en silencio en toda la casa. Yo no me asusté, lo que me extrañó fue que Rosita no saliera del baño, no dijera nada. ¿Estás bien?, le grité desde el sofá. Pero ella no contestaba y me dirigí mosqueada al baño. ¿Rosi? ¿Rosita? La llamé acercando la cara a la puerta. Al ver que no respondía, la abrí (por suerte nunca se encerraba) y asomé la cabeza. No se veía nada. «Rosi, me estás asustando» le susurré. Encendí la linterna del móvil y entonces la vi recostada en la bañera: Dios mío… estaba dormidita, con el agua al cuello. Yo, sin atreverme a tocarla, la gritaba para despertarla mientras desenchufaba el cable con el que cargaba el móvil; se le debió caer al agua o lo tocó con las manos mojadas, qué sé yo…»

La noticia de la perdida corrió de youtuber en youtuber y miles y miles de seguidores, fueron llegando de todos los rincones del mundo para desfilar ante el ataúd rosa de Rosita Fraklin Black, que expusieron en el salón de actos del ayuntamiento de Boadilla del Monte. Conchi, al costado de su madre y la abuela que la velaban de riguroso luto, no dejaba de comerse nerviosamente las uñas al ver desfilar por delante de su hermana a todos sus incondicionales, todos los iconos de corazoncitos y pulgares hacia arriba, convertidos en caras reales. Cómo me gustaría que lloraran por mí, se decía Conchi mientras se imaginaba a ella misma dentro del ataúd rosa y a toda esa fauna que observaba, viniendo a despedirla: Famosos instagramers del mundillo de la canción amateur, adolescentes chinas, australianas y hawaianas, productores musicales de Miami, cazatalentos virtuales, la última ganadora de Operación Triunfo, el jurado entero de You are the One, tres coros de gospel venidos de Harlem, Bronx y Granada, tatuadores, la Peña Rosita Franklin de Marbella, yonkis y administrativas en el paro que se habían enganchado a su canal, esteticienes, bailarinas de wiskería, estudiantes de instituto, de obstetricia, y veterinaria, influencers muy influyentes…

Seguidamente, tras despedirse de su estrella en el ayuntamiento, una procesión incesante de followers fue acercándose al número doce de su portal, en la calle de la Anunciación, para dejar su ofrenda. Y la montaña de rosas rojas, peluches, velas y muestras de cariño en todos los idiomas, cortó el tráfico.
«Ahora, encima que estás muerta, seguro que triplicas tu número de followers» Rezaba una de las pancartas rotulada en amarillo fosforito. La nota estaba firmada con una C.

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