Lo que esconde el camuflaje

Le tenía en el punto de mira y esperaba la orden para dispararle a la cabeza.
Era un sábado cualquiera y todo el bosque mantenía la respiración ante la escena. El sol del mediodía se había levantado con ganas de fastidiar y decidió que, en lugar de Marzo, estábamos en Agosto. Manchas de mi sudor añadían un color más a mi mono de camuflaje y hacía verdaderos esfuerzos por mantener el rifle erguido y que no se me escurriera entre las manos sudadas. Yo intentaba calmar la respiración para no empañar la visera protectora, aunque era inútil, la ansiedad y la mala leche superaban con creces las dos reglas de oro del francotirador: calma y paciencia.
No dejaba de acariciar el gatillo y esperar la señal para desquitarme de una vez.
A mi derecha, estaban también agachados mis siete compañeros de equipo, igualmente parapetados como yo detrás de neumaticos, palets y cajones de madera amontonados. En frente, a unos cincuenta metros, se encontraba el enemigo: Jaime, el del cumpleaños, y su equipo: nuestras ocho mujeres que escogieron su bando porque era su aniversario y también por ser el más fuerte, el más agraciado, el más simpático, el más de todo.
—Ya sabéis, corremos todos por el flanco derecho para ir a por ellas. Luego, cuando las eliminemos, vamos a por Jaime. Y, sobre todo, dejad que disparen antes y malgasten munición—Nos recordó Rafa, muy metido en el papel de capitán de las fuerzas especiales.
Todos, menos yo, se miraron y asintieron a las instrucciones y se removieron nerviosamente en sus posiciones.
—¡Recordad, nada de disparar a menos de ocho metros de distancia! Podéis haceros mucho daño—Nos recordó el monitor desde una posición segura detrás de las redes protectoras.
Yo no le quitaba el ojo de encima al cuerpo camuflado de Jaime. Todas mis neuronas, cada uña, cada pelo, cada músculo estaban pendientes de él. Detrás de un contenedor de plástico, Jaime arengaba a sus compañeras que estaban todas acurrucadas tras toneles de gasolina oxidados. Y, por supuesto, animaba especialmente a Berta, mi mujer, y ella, desde la visera protectora de soldador, le miraba confiada y asentía como un perrito de taxista; seguro que la muy zorra se sentía segura con él.
Pasaban los segundos y yo me concentraba en tenerlo a tiro y en aguantar la culata en el hombro. Imaginaba a cámara lenta su melón reventándose, el suelo salpicado de sesos, me recreaba viendo a Berta gritar de espanto y yo, satisfecho, con el rifle apoyado en el hombro como un cazador de hienas y mi bota pisando su cuerpo muerto.
—¡Viseras bajadas!¡Seguros quitados!—ordenaba a lo lejos el monitor.
Una ráfaga de clics de los seguros rompió el silencio.
Que inocente fui. Que gilipollas. Mi mejor amigo…
—¡4!
Joder, pensaba que todo iba bien, que Berta me quería…
—¡3!
No lo supe ver. Éramos amigos desde niños…
—¡2!
—¡Chicos atentos! —gritó nuestro comandante.
—¡1…!
No esperé al cero. Apreté el gatillo con el placer del asesino en serie. Disparé la primera bola, tac, la segunda, tac y me sorprendí con la fuerza con la que salían despedidas. Pero fallé. Jaime se movió y corrió a socorrer a sus compañeras al ver que eran atacadas por mi equipo.
—¡Me cago en todo! —protesté mientras corría en línea recta hacia él, con un manojo de nervios dentro de los pulmones, haciendo caso omiso de las reglas, la estrategia y la seguridad.
El cielo se tiñó de verde con los meteoritos verdes que volaban a gran velocidad en todas direcciones. Ta,ta,ta,ta, castañeteaban las armas de aire comprimido. Mis compañeros, medio agachados y parapetados en los siguientes toneles, asomaban los cañones entre los huecos y disparaban a sus mujeres.
—¡Carlos¡ ¿Dónde coño vas? Me gritó Rafa al verme correr en solitario, pasando completamente de su táctica.
Las mujeres de Jaime disparaban desde sus refugios pero no se movían de sus puestos. Las primeras víctimas fueron cayendo y levantaban los brazos en señal de que la pintura verde les había tocado y debían salir del terreno de juego. Alguna combatiente se quejaba por los impactos de las bolas en manos y cuerpo.
Quedábamos cuatro contra cuatro. Pero a mi me daba igual quienes quedaran. Quedábamos uno contra uno.
Yo me seguía acercando a él. A unos veinte metros, vi que Jaime seguía junto a ellas detrás de los toneles. Berta se pegaba a él y agachaba la cabeza; estaba asustada y no disparaba. No le gustaba aquel juego. Pero su buen amigo Jaime, velaba por ella y la cubría con su cuerpo. Como la cubría desnudo sobre ella cuando se escapaban furtivamente a algún hotelito de la ciudad. «Carlos, sabes que somos amigos y no puedo ocultártelo, vi ayer a Berta y Jaime salir de un hotel y besarse al despedirse—me confesó Rafa por teléfono el día antes de venir aquí.
Seguí corriendo hasta que alcancé sus posiciones. Tres bolas me impactaron en el pecho, en la pierna y una reventó en mi visera como un mosquito gigante en un parabrisas. Al no ver nada, me levanté la visera. Me jugaba un pelotazo en el ojo pero no podía perderle de vista. Desde ocho metros, a pecho descubierto, le disparé cuatro veces por la espalda, tac-tac-tac-tac y le dejé el traje lleno de moco verde fosforescente. Jaime se giró sorprendido y levantó los brazos en señal de rendición. Pero yo me acerqué más y, a cuatro metros, le volví a disparar a bocajarro, tac-tac-tac-tac. Le había cogido el tranquillo a la escopeta de feria y no fallaba: todas las bolas reventaron contra su cabeza.
—¡Pero qué cojones haces! ¿No ves que he levantado los brazos?—Jaime estaba clavado allí, de pie, cubriéndose la cabeza con las manos.
Me acerqué dos metros más y le disparé tres bolas más al pecho.
—¡Ostia!—Jaime se dobló y cayó al suelo haciéndose un ovillo, como si realmente estuviera herido de muerte.
—¡Hijo de puta, tú y yo éramos amigos! —le disparé tres tiros más-¿Por qué con Berta, por qué?—dos tiros más en la espalda, tac-tac, Jaime se revolvía de dolor en el suelo y maldecía.
—¡Carlos, para! ¿Qué haces animal?–Era Berta que se había levantado la visera, dejado la escopeta en el suelo, incorporado como las demás que me miraban sin entender nada. Mis compañeros también pararon el juego y el monitor, desde la mitad del campo, corrió hacia mí para parar la masacre. Yo no escuchaba, sólo me concentraba en mi víctima.
Cuando le iba a dar el tiro de gracia, note unas manos que tiraban de mi arma y me la arrebataban. El monitor me decía algo pero no le oía.
—Carlos, tranquilo —Me decía Rafa que era el único que sabía de qué iba todo aquello.
Con toda esa locura, ni siquiera me di cuenta de que estaba llorando. Me miraban como a un desconocido y yo clavaba mis ojos llorosos en Berta que, arrodillada, intentaba ayudar a Jaime a incorporarse.
—El juego ha terminado. Habéis ganado —les dije a los dos.
Entonces, con todas mis heridas bajo el mono de camuflaje, me marché del campo de tiro dejándoles a todos plantados.

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