El asesino de globos

Lo que más ansiaba Ramón era que llegara año nuevo para asesinar, uno a uno, todos los globos que quedaban dispersos por la casa después de la fiesta de nochevieja.

Ya desde la víspera de la matanza y al verlos corretear por el salón empujados por la corriente, le salían los instintos mas bajos y se ponía enfermo esperando el momento de acabar con ellos. Y siempre, con la frialdad de un asesino en serie, desde los últimos tres años, seguía la misma rutina: Nada más tragarse las doce uvas, comenzaba a bostezar ruidosamente y se disculpaba delante de su familia política: «Perdonad, yo me retiro, tengo una jaqueca de espanto». A las seis en punto de la mañana, abría los ojos de golpe, se deslizaba de la cama como un fantasma, dejando a su mujer roncando boca arriba, y se iba a la cocina en camiseta y calzoncillos. Con la puerta cerrada, sacaba del armario el afilador eléctrico y se dedicaba concienzudamente a poner a punto el cuchillo jamonero. Luego, empuñando el arma de matarife y descalzo para no hacer ruido, salía de cacería por la casa para quitarles el aire a cuchilladas.

En el salón se encontró con cinco de ellos: Dos rojos y uno azul al pie del sofá, uno amarillo más gordito envuelto en confeti debajo del comedor y uno verde más enclenque arrinconado junto a los pedales del piano de pared. Estaban dormidos como corderitos, confiados de formar parte de aquel hogar.

Para empezar la matanza, Ramón escogió a uno de los rojos. A todos les ponía nombre según del color que fueran: «No tengas miedo Lunes» se dirigió al rojo como si le hablara a un niño. Ramon se arrodilló junto a él, lo sujetó fuertemente con su mano y acercó lentamente la punta de acero a su piel de goma. Cuando le pinchó el cuerpo, el globo solo tuvo tiempo de emitir una explosión de dolor e inmediatamente sus restos de carne roja saltaron por los aires y quedaron esparcidos por todos lados. La onda expansiva del quejido despertó a los demás globos pero Ramón ya había saltado para agarrar del pescuezo al azul. «¿A dónde crees que vas Martes?» le dijo. Y de un machetazo le reventó la barriga de pitufo. Y así, con una frialdad insana y un ensañamiento enfermizo, fue quitándole la vida a todos hasta que al final, cuando no quedó ningún lunes, ni martes, ni incluso domingos, rendido, se dejó caer en el sofá con el cuchillo ensangrentado de aire, cerró los ojos y suspiró profundamente. «Ahora que he vaciado los meses de días, este año será infinitamente más corto» Pensó satisfecho un Ramón que llevaba tres años sin encontrar trabajo.

Cuando abrió los ojos, vio a su mujer en camisón, desmelenada y los brazos cruzados, que le miraba con los ojos medio cerrados desde la puerta del salón. Pero no le dijo nada, ya no le decía nada y se volvió a la habitación para seguir durmiendo.

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