La sonrisa de Malada

Malada, a sus trece años, tenía por costumbre sonreír. Su sonrisa era la más bonita y apreciada de toda la aldea y era como un bálsamo para todos. Cuando la casaron con el cincuentón más gordo y rico del pueblo, su marido le prohibió sonreír en público: No es decoroso que vayas con esa sonrisa de ramera por ahí, le dijo a la semana de casarse. Sin embargo Malada continuó actuando como lo había hecho siempre, con alegría y enseñando siempre sus dientes extra blancos. La primera advertencia llegó en forma de bofetada en la cara que la tiró al suelo. Pero Malada se levantó, se limpió la sangre del labio con la manga de su kurta y siguió sonriendo a su marido y a todos los vecinos. Al segundo aviso, Malada acabó recluida un mes sin salir de casa. Ya verás como se acaba borrando esa sonrisa de la boca, le dijo su marido cuando cerró la puerta por fuera.
Cada mañana de encarcelamiento, al subir a la azotea a tender las camisolas y enormes calzoncillos de él, Malada fijaba su mirada a lo lejos, sobre la cadena de montañas escarpadas de Kashipur que rodeaban la aldea y, con su imaginación de adolescente, cerraba los ojos y comenzaba a llenar de colores su paleta mental y a pintar en un lienzo enorme y blanco los paisajes desconocidos que pensaba había al otro lado de ese muro de rocas. Al no tener pinturas, ni telas, ni siquiera papel, ella mezclaba en su cabeza colores jamás vistos y, como si fuera una fijación, cada día pintaba el mismo escenario: un enorme lago cristalino rodeado de prados y bosques interminables. En su lienzo no había montañas, todo estaba despejado de muros, y las praderas y los árboles estaban pintados con los colores vivos de los saris de las mujeres. Lo que sí había siempre en sus pinturas ensoñadas, era una niña que sobrevolaba con los brazos abiertos las montañas y planeaba como un águila sobre su valle imaginario.
Entre pincelada y pincelada mental, Malada regresaba a la azotea para cuidarse de colgar bien sus camisas no fuera que quedaran arrugadas y, además del castigo, tuviera que recibir una paliza extra.
¿Dónde te habías metido Malada?, Le preguntaron las amigas y vecinos cuando se la cruzaban por la calle después de cumplir el mes de reclusión en su casa. «Pintando», les contestaba ella con una sonrisa.
La tercera vez, ya no fue una advertencia.
Un medio día que regresaba de comprar fruta y verduras en el mercado, le esperaba su marido en el salón junto con sus dos hermanos, igual de gordos que él. Se abalanzaron contra ella, las naranjas rodaron por el suelo, la tumbaron en el suelo boca arriba, los hermanos la sujetaron por los brazos y su marido fue quien le roció la cara con el ácido. «Se acabó esa sonrisa de puta», le decía mientras vaciaba la garrafa y veía cómo abrasaba la cara de Malada.
Del dolor insoportable en su cara, Malada perdió el conocimiento y necesitó un año para que se le regenerara la piel. El primer día que se atrevió a mirarse al espejo del baño con el único ojo que le quedó, Malada se desmayó de la impresión. Pero, al cabo de un mes, cuando venció al miedo y le echó de nuevo valor para mirarse, se concentró en lo que le quedaba de boca. Le habían desaparecido los labios y tenía todos los dientes a la vista, como si estuviera todo el rato sonriendo. Entonces, comenzaron a resonar en toda la casa las carcajadas de Malada.

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