El vendedor de alfombras

Ahmed nació en una aldea sin nombre del norte de Mauritania. Ya venía con las piernas dormidas porque, según los mayores de su familia, Alá les había castigado por alguna razón que él desconocía y él pagó los platos rotos con su invalidez. Ya desde muy pequeño, hermanos o amigos, lo llevaban con ellos arrastrándolo en su caja de frutas con ruedas y él, con una sonrisa de oreja a oreja, se imaginaba dentro pilotando un coche destartalado y oxidado como el del alcalde. Un día que Ahmed observaba dentro de su caja cómo los niños jugaban al fútbol, toda su familia se presentó ante él con una silla de ruedas plateada que resplandecía con la luz cegadora de aquella tierra. Cuando le subieron a ella, Ahmed, mudo de la emoción, se sintió dentro de un artilugio supersónico. No tardo nada en coger confianza y, cuando dominó la técnica, nadie volvió a arrastrarle, ni nadie del barrio consiguió alcanzarle. Ahmed, desde entonces, despertaba la admiración de todos los niños del barrio cuando hacía todas esas cabriolas imposibles con su super silla.

A los ocho años, su familia se desplazó a Nouakchott, la capital, para probar suerte con la venta de sus alfombras artesanales que tejían su madre, tías y hermanas. Y su padre, sus tíos primeros, segundos y terceros, decidieron que él aprendería el oficio de venderlas.

Ahmed no contaba con las piernas, pero andaba y corría más lejos que nadie con su imaginación. Y cuando pasaba alguien por la tienda y se quedaba observando las alfombras, Ahmed le decía convencido desde su silla de ruedas:

—Para ser alfombras voladoras, tienen muy buen precio. Pueden volar todo un día y llevarte hasta el mar y volver. No encontrará una alfombra mejor tejida.

A la gente le hacían gracia sus comentarios, los encontraban originales y él, además, les daba pena, por lo que al final, entre una cosa y otra, Ahmed acababa vendiendo alfombras y se ganaba el derecho a dormir en un buen lugar de la jaima y a comer doble ración de arroz y de carne de cabra.

Y desde que era chaval hasta que se hizo ya mayor, todas las noches de luna llena, cuando todos dormían, Ahmed se arrastraba con los codos fuera de la jaima, se acercaba a una de sus alfombras tiradas en el suelo para las plegarias, se sentaba encima y, agarrándose con ambas manos a los bigotes, despegaba en silencio rumbo a la costa. Cuando había alcanzado la velocidad de crucero y a cien metros del suelo, Ahmed cerraba los ojos de felicidad, de sentir las cosquillas de la velocidad, de respirar los olores del desierto y de verse envuelto en aquel manto infinito de estrellas. Al cabo de quince minutos indescriptibles, aterrizaba suavemente en la playa y oteaba el mar fijándose en la línea plateada del horizonte dibujada por la luna. Entonces Ahmed, sentado sobre ella y acariciándola, le hacía siempre el mismo comentario a su alfombra:

—Un día cruzaremos juntos el mar, ¿qué te parece?

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