Sidi

Nada más salir del Land Rover, cuando llegamos a la entrada del mercado central de NouaKchott con Miguel, Irune, Ainara y Lucía, compañeros de trabajo, la manada se abalanzó sobre nosotros.

Debía de tener siete u ocho años y, en cuanto me clavó esos enormes ojos negros, tan oscuros e inciertos como su suerte, me atrapó como no me había atrapado hasta entonces nada de aquel país africano. El resto de Ahmed, o Mohamed o como se llamara aquel niño negro de la calle, eran huesos, suciedad, una camiseta roída cuatro tallas más grande que él y unos pantalones cortos descoloridos. Andaba descalzo, blanqueado por la arena del desierto, arrimado a sus cinco compañeros de caza. Todos ellos menos él, todos niños sin infancia, vestían camisetas de fútbol con el nombre de Ronaldo y Messi a sus espaldas, sus únicos ídolos en su vida. «Los envía a pedir limosna o a robar un hijo de puta que los esclaviza y abusa a cambio de enseñarles el Corán, y aquí esto lo ven bien.» Me dijo Miguel que llevaba años en Mauritania.

El paisaje que tenía delante era el mismo que llevaba viendo toda la semana y al que no me acostumbraba: Miseria. (Suerte que podía desviar la mirada hacia el cielo azul, lo único que no alcanzaban a ensuciar). La calle central no estaba asfaltada, como la mayoría de calles. La arena pisoteada de desierto estaba alicatada con desperdicios de plástico apisonados por los coches de desguace y carritos de burros conducidos por adolescentes que se abrían paso entre la muchedumbre. El sol del mediodía caía a plomo sobre nuestras cabezas y el olor que respiraba era ese aroma ya familiar a basura de aquella ciudad sin orden ni esperanza.

A paso lento, flanqueados por los cinco niños, nos adentramos por la calle central de aquel mercadillo atiborrado de moros negros enfundados en sus Chayyas y mujeronas africanas que vendían en sus puestos baratijas, gafas de sol, ropas viejas y carne de cabra con moscas. El niño, seguía pegado a mí, mientras mis colegas ya se habían quitado de encima a los otros moscones. Sin embargo, por un extraño impulso sobreprotector y esa mirada cautivadora, yo dejé que el chico de pozos negros me siguiera. Se colgó literalmente de mi brazo, se agarró a él con todas sus fuerzas, como si hubiera alcanzado tierra firme tras un naufragio. Mientras yo hacía fotos furtivas con el móvil a ese mercado indescriptible, el niño no paraba de repetir el mismo soniquete en su lengua wólof.

—No se despegará de ti hasta que no le des algo —. Me decía Miguel.

Pero, cuando por fin consiguió llamar mi atención o acabar con mi paciencia, me paré y le miré de nuevo a los ojos —. El resto del grupo siguió avanzando. Los altavoces de la mezquita llamando a la oración se mezclaron en ese momento con la cantinela del niño de la calle —. Inexplicablemente, en aquel instante en que me volví a sentir succionado por esa mirada sin fondo, entendí perfectamente lo que me pedía: «Llévame a ver a Messi», me decía, «llévame a ver a Messi». Y yo, después de toda aquella semana agotadora de trabajo allí, cansado de arrastrar todo aquel peso de indignación e impotencia por intentar arreglar algo en aquel país imposible, me sorprendí al oírme decirle con toda la tranquilidad del mundo:

—Vale, te llevaré — Y me salió ponerle mi mano sobre su hombro y el niño de la calle me miró extrañado, sin estar seguro de si había accedido o no a llevarle a ver a Messi.

Julia mi mujer y yo, le llamamos Sidi porque es un nombre bonito Mauritano y porque cuando conseguí su adopción, en el ministerio de salud y bienestar social (vaya paradoja), no tenían ningún historial del niño y me dejaron que le pusiera nombre como si estuviera comprando una mascota. Su nombre completo ahora es Sidi Gonzalez Arias. Para conseguir que llevara nuestros apellidos, tuve que regatear con su dueño, pagarle ochenta euros y sufrir encima dos años interminables de burocracia absurda y papeleos inimaginables con el ministerio de interior hasta que estamparon su visado de salida. (Suerte que un amigo de la embajada Española tenía buenos contactos en el gobierno Mauritano.)

Por suerte, toda esa pesadilla es agua pasada. Ahora, en mi estadio del Wanda, lo tengo a mi lado de pie, sano, limpio, descubriendo por primera vez lo que es la felicidad, sintiéndose a salvo en una familia después de pasar su vida en la calle. Se está comiendo, a mordisquitos para que no se acabe, un perrito caliente y con la punta de la lengua va chupando el ketchup y la mostaza; viste su camiseta nueva del Barsa y está absolutamente emocionado animando desde tribuna a su héroe Messi que, en este mismo instante, se acerca peligrosamente a nuestra área.

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