Pedro y el lobo

Le vi más viejo.

Tal como habíamos quedado, Pedro llegó al restaurante a las dos en punto. Yo ya llevaba quince minutos allí sentado—no soporto llegar tarde, por eso siempre acabo esperando —. Me había bebido ya una copa de vino blanco y mojado en aceite todo el pan del platito. Ya había recurrido al móvil tres veces para releer whatsaps y la música ambiente del hilo musical seguía empeñada en que me sintiera como en la sala de espera de un dentista, y eso que se suponía que era un restaurante de lo más in de la ciudad.

Las ocho mesas con mantel blanco estaban ocupadas en la mayoría por altos ejecutivos que cerraban y abrían negocios y por una pareja encariñada que desentonaba en aquel ambiente —no porque no vistieran adecuadamente sino porque él podría ser el padre de ella —. Los camareros, ataviados con delantal y de arriba a abajo de negro y rectos como si llevaran escobas atadas a la espalda, aterrizaban elegantemente los platos de diseño delante de los comensales. Nuestra mesa, estaba junto a un ventanal y el sol de mediodía, aunque no pegaba fuerte porque era Febrero, me daba directamente en la cara.

Cuando se sentó Pedro enfrente, me sorprendieron esas nuevas bolsas, no rellenas precisamente de felicidad, que le colgaban bajo los ojos. Hasta le vi desaliñado de aspecto, arrugado de pies a cabeza y el nudo de la corbata deshecho como el de un quinceañero. Definitivamente, no era el Pedro del cole y la universidad que yo conocía, siempre mirado con la ropa y su imagen. Sabía que las cosas en casa habían estado tensas en los últimos años con Belén su mujer, que incluso se dieron unos meses de distancia hacía cinco años, pero no imaginé que la cosa estuviera tan mal ni que volviera  a encontrarme al Pedro introvertido y huraño del cole.

—Joder chaval, te veo un poco en la mierda —Fue lo primero que le dije. Había confianza, pero creo que no fue muy oportuno mi comentario.

Tampoco hacía tanto que no nos veíamos, ¿Qué? ¿Seis meses, ocho? Las canas, como hierba mala, habían conquistado parte de su mata de pelo desordenado y su barba hipster que no le pegaba mucho a sus cuarenta y nueve años. Tenía un año menos que yo y, sin embargo, parecía más mi tío que mi amigo. ¿Estaría bien con su trabajo en la gestoría?, me preguntaba, O tal vez, fuera Luisito, el hijo pequeño, que siempre estaba dando por culo con los estudios y los porros. Indudablemente a mi amigo lo vi abatido, nervioso, más reconcentrado de lo habitual.

Pedro le indicó a una camarera apuntando con su dedo a su copa vacía para que le sirviera vino. Cuando ella se acercó a la mesa, él se dirigió a ella secamente sin mirarla, sin haberme preguntado antes:

—Una botella de blanco por favor. Cualquiera de la carta está bien, pero que sea seco, gracias—. A los cinco minutos, la camarera trajo una botella de Marqués de Murrieta, nos rellenó las copas y la metió en una cubitera que dejó junto a Pedro.

—¿Los chicos bien?—Le pregunté mientras se acercaba el metre y se colocaba entre los dos para tomarnos nota.

—Denos cinco minutos por favor, todavía no he visto la carta—Se excusó Pedro con el hombre a la vez que se llevaba a los labios la copa de vino. El metre se retiró haciendo un suave gesto afirmativo con la cabeza.

—Hacen un arroz con setas para chuparse los dedos—Le recomendé mientras leía distraídamente la carta de arriba a abajo. Pero Pedro no parecía estar para arroces, setas ni para nada. Se había congelado mirando el fondo del vino de su copa.

—Quique, tengo que explicarte algo—Me empezó diciendo con una voz de ultratumba.

—Joder, no me jodas que otra vez Luisito ha vuelto a los porros—Le solté a bocajarro bajando la carta para mirarle.

—Quiero salir del armario y no me decido —me soltó la bomba así, de golpe, mirando la copa de vino y sin atreverse a mirarme a los ojos. Entonces me quedé de piedra cuando vi que tenía los suyos llorosos.

—Venga tío, si tu sales, igual yo también—Le dije con sorna tratando de quitarle hierro a la situación mientras movía nerviosamente el culo en la silla. La conversación empezaba a inquietarme, como cuando de chavales Pedro se encerraba en su mundo, se apartaba de todo y no había manera de tratarle ni sonsacarle nada. Pero luego, cuando él no estaba rarito, era un hombre entregado, super generoso, diría que espléndido en sus detalles conmigo y me lo quería como quieres con especial cariño a tus mejores amigos del cole. Pero de eso a pensar que ahora este viejo que tenía delante fuera gay…

—¿Te acuerdas del padre Eusebio de octavo?—Pedro entonces me miró directamente a los ojos.

—Pues claro, el de las huchitas del Domund y todas esas monsergas de curas…

—Abusó de mí durante cuatro años—. Dos lagrimas se desbordaron y corrieron por sus mejillas.

—Pero… ¿Cómo qué abusó?—Yo no daba crédito, no sabía qué decirle, lo tenía delante mío llorando, allí en medio del restaurante y no entendía bien, bien, de qué iba todo aquello. El metre regresó y al ver el panorama, decidió dar media vuelta.

—Me tocaba en su despacho y me obligaba a tocarle en la hora del patio; ya sabes que a mí no me gustaba jugar al fútbol. El Eusebio compraba mi silencio a base de chuches y a veces hasta dándome veinte, cincuenta pesetas para un frankfurt en la cantina del cole —. Pedro se secó las lagrimas con la servilleta y apuró lo que le quedaba de vino en la copa, luego se sirvió más de la botella y salpicó con agua de la cubitera todo el mantel. Se olvidó de servirme—. Y yo me lo callé, porque me tenía dominado, me guardé dentro esa mierda toda la vida hasta que la semana pasada me enteré que el hijo puta había muerto allá, en la República Dominicana, seguramente exiliado o refugiado por la orden. Es como si su muerte hubiera destaponado toda la bilis contenida durante años y la herida se hubiera abierto de nuevo. Ahora creo que debo dar el paso.

—¿A dar el paso?—Pedro me había descolocado completamente. Todo lo que escuchaba era nuevo para mí, lejano pero al mismo tiempo había vivido cerca de todo aquello. Yo también había sido alumno de aquel depredador y, sin embargo le eligió a él, como los lobos escogen a los débiles del rebaño. Yo no dejaba de procesar y repasar muchas cosas del comportamiento del Pedro durante toda nuestra vida. Me vino aquella imagen cuando regresó a clase después de un mes sin saber nada de él. Tenía las muñecas vendadas. «Me caí de la bici» Me explicó. Poco a poco, con el estómago en un puño, comenzaba a entender muchas cosas. —Toma, suénate—le dije pasándole mi pañuelo.

—Ya son quince alumnos de diferentes promociones los que le han denunciado sin decir sus nombres. No te puedes imaginar cómo lo estoy pasando —Pedro se sonó la nariz ruidosamente y prosiguió —Belén no sabe nada de mi pesadilla, nunca se lo conté y mucho menos a los chicos, ni a mis padres que nunca me hubieran creído. Tú eres el primero al que se lo explico Quique. Necesito saber tu opinión: ¿Crees que debo denunciarle también?

En ese momento llegó de nuevo el metre.

—Otra botella de vino por favor y una ración de jamón. No tenemos mucha hambre. Gracias—le dije al metre devolviéndole las dos cartas.

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