Cero

¿Qué dirías si te dijera que ahora mismo, un sábado a las nueve de la mañana, estoy en un taller sobre la teoría de los Eneagramas y sus nueve personalidades?
Seguramente pensarías que soy un tipo interesante, con inquietudes, un hombre que busca conocerse a sí mismo y huye de los estereotipos y las banalidades que nos rodean…
Pues nada más lejos de la realidad.
Yo me iba en bici de carretera con mis amigos, como todos los sábados, y luego nos meteríamos entre pecho y espalda una buena tabla de embutidos con tostadas. Pero Lourdes, mi esposa, me dio la noticia el mismo viernes por la noche cuando cenábamos una tortilla y unas judías salteadas:
—Mañana salimos a las siete y media. El cursillo empieza a las nueve pero tenemos una hora en coche hasta allí.
—¿El cursillo?¿Qué cursillo?—pregunté dejando suspendido en el aire el pedazo de tortilla que me llevaba a la boca.
—Te lo dije hace tres meses, que es un curso que me recomendó Rosi, mi amiga del gym, pero tú como siempre, viviendo en Babia.

Aquí debemos de ser unos veinte asistentes y, como en el aula de un colegio, estamos repartimos por los pupitres (Lourdes escogió la primera fila) y el conferenciante está sentado en el suyo de cara a nosotros. Es joven, rondará los cincuenta años como nosotros y, aunque clarea y tiene una barba blanca bien recortadita como yo, el hombre sin embargo viste el mismo chaleco de lana azul, el fular de seda y los mismos pantalones de franela grises que mi padre. Hace ya media hora que lee con torpeza de sus notas sobre esto de los Eneagramas y apoya su soporífera ponencia con un powerpoint que se proyecta a su espalda. La calefacción no puede estar más alta y el tono de este hombre, que a veces tartamudea, es una anestesia que penetra, gota a gota, por los oídos.
—Nueve son los tipos de personalidades que existen y todas representan tanto a niños, como a jóvenes y mayores. Esta mañana hablaremos de ellas y por la tarde haremos el taller por grupos—Nos dice el ponente a la vez que busca en el portátil la diapositiva correcta. No deja de ir adelante y atrás con la presentación y se excusa carraspeando.
«¿Comemos en casa no?», Como un colegial, le deslizo la nota a Lourdes que la tengo a la izquierda y ella, molesta con mi interrupción, me responde con su ortografía de colegio de monjas: «Nos quedamos a comer aquí, el curso acaba a las 6».
Con la rabia contenida y sin escapatoria, me dejo vencer por la corriente y, poco a poco, pesadamente, me voy sumergiendo hasta el abismo desconocido de las nueve personalidades. Es a medida que las voy descubriendo y que trato de identificarme con alguna de ellas, cuando me doy cuenta de que estoy huérfano de personalidad, que del uno al nueve donde están todas comprendidas, yo más bien soy un cero, un paria del Anagrama. Y analizando, entre diapo y diapo y tartamudeo, mi triste condición de Adan desterrado, llego a la conclusión de que otras personas se han encargado de mantenerme alejado de ese jardín: Mi padre, que al igual que su padre, me anuló y condicionó toda mi infancia y adolescencia y Lourdes, que desde que la conocí en la universidad hasta este mismo instante, tomó el relevo de mi padre.
Cuando el ponente, que sigue monótonamente leyendo de sus notas, llega a la personalidad número ocho y enumera sus características yo, mirando a Lourdes, no puedo reprimir un «Ostia, pero si eres tú».
—Es la figura del león. Es el líder indiscutible, el protector de la manada. Lo tiene que controlar todo. Son propensos a la ira y no muestran sentimientos de ternura. No se dejan dominar…—va enumerando el conferenciante. La imagen proyectada de un gran León melenudo llena toda la pantalla.
Son casi las dos del mediodía. El conferenciante está acabando con la novena personalidad y la imagen nítida de una hamburguesa doble con queso derretido y una jarra de cerveza espumosa se dibujan en mi cabeza. Lourdes va por el cuarto folio tomando apuntes como una posesa y yo, todo lo que he escrito en toda la mañana en la esquina de mi hoja en blanco es un triste y huesudo cero; el número de mi personalidad, marcado a fuego en mi cuerpo de esclavo.
Entonces —no sé si es el hambre que me pone de mal humor o la clarividencia, o un resorte desconocido que salta en mi cerebro—, pero algo me empuja a escribir cinco palabras junto al cero que había remarcado y emborronado con el boli azul. Lentamente, decidido, me levanto de la silla y me quedo de pie delante de todos. El profesor, al verme, interrumpe la lectura. Lourdes me mira contrariada. Le paso la hoja con la nota: «Mil gracias por el curso» Mientras Lourdes la lee y la relee sin entender nada y el resto de la clase la mira a ella buscando alguna reacción, yo ya he abandonado el aula.
Ahora, es mi hora de comer.

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