El lanzador de sonrisas

La abuela, está sentada en el sofá del salón mirando fotos del móvil. Está derrengada y necesitaba descansar un rato: Lleva desde las siete y media de la mañana con sus nietas que fue cuando su hijo, que no aguantaba más el dolor, se tuvo que ir de urgencias al hospital acompañado de su nuera. Pero ya son las nueve de la noche y aún no han regresado.
Carla y Eli llevan los pijamas puestos y han cenado unos nuggets de pollo que les ha cocinado la abuela. Siguen oliendo a Shampoo de niños a pesar de la peste a frito que había en la cocina. Ahora están jugando a las profesoras en la alfombra. Tienen sentadas en semicírculo a todas sus muñecas y ellas, haciendo sumas en una pizarrita, les repiten como loros todo lo que han oído en clase.
—¡No, yo soy la señorita Luz!
—¡No, ahora me toca a mí serlo!
Las niñas vuelven a discutir, pero la abuela, a pesar de que apelan a ella para que imponga justicia, hace rato que se quitó la toga y les contesta cansadamente con evasivas sin quitar la vista del móvil por si llega algún mensaje del hospital. A las once de la mañana recibió un escueto «Le están haciendo un escáner» enviado por su nuera. Luego, a eso de las dos y media, otro en el que le explicaba que estaban repitiendo el escáner y haciéndole más análisis. La abuela trata de mantenerse fría y procura ser positiva aunque le cuesta quitarse de la cabeza la cara desencajada de su hijo sufriendo esos pinchazos. Ese dolor en la espalda será algo muscular seguro, una hernia o algo parecido —rumia para sí misma —lo que no entiendo es lo del trombo en la pierna, pero seguro que son cosas distintas, que no es lo mismo que se llevó a su hermano mayor. Un nuevo mensaje le aparece en la pantalla acompañado de un sonido de aviso: «Salimos ahora» Le escribe su nuera.
—En quince minutos están aquí los papis —les informa a las niñas que no dicen nada porque ahora están muy concentradas pintando a su familia, tumbadas en el suelo y con todos los rotuladores desperdigados. Seguro que todo está bien, se dice la abuela que, inconscientemente y siseando, está rezándole a su Virgen del Rosario. Clarita bosteza de cansancio y se lo pega a su hermana que se tapa la boca con la mano. Se lo ha enseñado la señorita Luz en el cole.
A los veinte minutos se oyen vueltas de llaves en la cerradura de la puerta. Con un «papis, papis» las niñas lo dejan todo y salen corriendo a recibirles. La abuela se levanta con dificultad, no sabe si es por el cansancio o el peso del miedo. Al fondo, escucha las voces de las niñas y las de los padres y la puerta que se cierra. Poco a poco se va acercando al recibidor, quiere dejar que los padres saluden tranquilamente a sus hijas. Tiene las manos heladas de un difunto y el corazón se ha desbocado y huye al trote. Cuando llega al recibidor, su hijo está de rodillas abrazando a sus dos tesoritos. Parece como si no las quiere soltar y ellas se agobian con ese abrazo tan extraño, tan intenso. La abuela busca la mirada de su nuera; viene de llorar y con la cara se lo dice todo.
—Papi, me aprietas demasiado —se queja Eli.
—Perdona cariño —su padre levanta la cabeza y mira a su madre que está de pie, frotándose nerviosamente las manos y gritándole con los ojos para que le de una buena noticia. El hijo tiene los ojos mojados. No ha podido aguantarse cuando las ha abrazado. Incluso en esas circunstancias, él es capaz de lanzarle a su madre su mejor sonrisa con la que endulzar sus peores presagios. Siempre ha sido un gran lanzador de sonrisas.
—Mami, ven, mira lo que hemos pintado —le pide Eli a su madre tirándola con impaciencia de la mano.
Las niñas se adelantan corriendo hacia el salón para enseñarles sus retratos de familia. La madre y el padre les siguen por el pasillo. Están exhaustos, idos. La abuela se ha tenido que sentar en una silla del recibidor. Sigue procesando lo que su hijo y su nuera le acaban de decir con las miradas, los gestos, las lágrimas. A los pocos minutos, su hijo regresa donde está ella. Se agacha con sus dolores delante de ella, le toma las manos deformadas por la artrosis, las aprieta con cariño y, sin decir nada, le vuelve a lanzar una de sus preciosas sonrisas.
—No quiero llorar —susurra la abuela.

—Vamos a luchar madre —le responde él besándole las manos —Vamos a luchar.

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