Perfectos desconocidos

El sol de Febrero calentaba como si fuera Junio y el cielo estaba limpio y azulado —cosa excepcional en Frankfurt—, y los tilos, los robles y castaños del cementerio, junto al parque de Eschenheimer, volvían a desplegar antes de tiempo sus hojas verde fosforescente, engañados un año más por el cambio climático.
De pie, Peter observaba al funcionario que tenía enfrente a menos de dos metros, uniformado con camisa azul y pantalón negro. Descolgaba lentamente la urna con lo poco que quedaba de Klaus Brunner, su padre. A su lado el pastor, albino y espigado, leía de corrido un último responso para así dar por terminada una ceremonia que había empezado en la iglesia una hora antes.
A la derecha de Peter, sentada en una enclenque silla plegable que le habían dispuesto, descansaba el cuerpo de su madre. Su mente, por el contrario, no parecía estar allí presente. Llevaba años sumida en las nieblas de la depresión y la mirada, obstinadamente perdida, se había quedado atrapada en el agujero negro donde reposaba su marido. ¿Dónde está papá?¿Ha vuelto ya del trabajo?, preguntaba desde hacía días con la voz ahogada en una ciénaga de sedantes. A la derecha de la madre y de pie como Peter, Frank, su hermano mayor, la calmaba cogiéndole la mano y Karen, la hermana pequeña, le daba friegas de consuelo en la espalda. Detrás de ellos, vistiendo un luto improvisado a la manera de los veinteañeros, la hija de Peter y los tres de Frank observaban la escena con un interés inesperado. Ese día estaban descubriendo al abuelo que de verdad hubieran querido tener.
Peter estaba incómodo. No sólo porque no sabía qué sentir como los chicos después de lo vivido en la iglesia, sino porque el estrecho traje oscuro heredado de su hermano y el nudo de la corbata le tenían inmovilizado. Tampoco ayudaban las treinta largas noches de guardia en el hospital que arrastraba y el retortijón en el estómago por culpa de tantos sentimientos enfrentados. Sin embargo, a la vista de los acontecimientos, también sentía que el histórico desdén hacia su padre se desvanecía por momentos y dejaba paso a una admiración jamás sentida.
Te he de confesar que, hace una hora en la iglesia, lo único que deseaba de corazón era acabar pronto con esto, le decía Peter a su padre desde sus pensamientos. Finiquitar el trámite de tu entierro con la misma frialdad y el mismo sentimiento del que se ha sentido como un mero trámite toda la vida.
Algo que también temía —sabes lo orgulloso que soy—era pasar el bochorno de quedarnos solos en la iglesia y de ser la comidilla del barrio. «Recogió lo que sembró», dirían con razón los vecinos como epitafio. Dicen que la gente que escoge el otoño como única estación en la vida, tiene hojas muertas como decoración floral en su funeral.
Sin embargo, para sorpresa de Peter y de toda la familia, la iglesia se llenó como si fuera la misa de navidad. Toda una multitud de desconocidos que sí debieron conocer a su padre y vinieron a llorarle. ¿Quién fuiste en realidad? Se preguntaba insistentemente Peter.
Ahora, en perfecta formación, aguardaban en el cementerio para despedirse de él. Hacían una cola interminable, cargada de un pesar y un abatimiento espesos. Peter sólo reconocía algunas caras del barrio, pero el resto no tenía ni idea de quiénes eran. Tal vez, los que parecían más alemanes fueran de su empresa o de esos viajes que ahora dudaba que fueran sólo de trabajo. Pero lo que más le descolocó, fue ver la cantidad de extranjeros llegados de rincones insospechados: mujeres grandes, con el color de la piel como chocolate a la taza, tapizadas con alegres trajes africanos; Hombres jóvenes y mayores de riguroso negro y rasgos caribeños, austeros en ropas y modales; Viejos con ropas y barbas de santones que cubrían la palidez de sus años y que, por sus gestos, irradiaban una paz contagiosa.
Ni mamá parece reconocerlos, se decía Peter.
Pobre. La medicación le ha ido bien y ha aguantado estoicamente toda la ceremonia. También quiso ponerse el pañuelo de seda rosa que le regalaste por vuestro sesenta aniversario. Es lo único que la alegra.
Acabadas las plegarias, el pastor tomó con una mano una pala clavada en un montículo de arena, la cargó con una cantidad simbólica y la echó dentro del agujero. Luego, con la punta de los dedos, tomó de un cesto que tenía a su derecha un puñado de pétalos de rosa que dejó caer sobre Klaus, se giró sobre sus pasos, se dirigió a darle la mano a la viuda y luego a los hijos y nietos y se marchó por un caminito ensombrado por ramas centenarias, acompañado del funcionario, que volvía a cubrirse los cuatro pelos lacios de la cabeza con una ridícula gorra de chófer de limusina.
La ceremonia oficial había finalizado y era el momento de decir adiós para siempre a la persona que unos amaban y otros, hasta ese día, ignoraban. La madre, Peter, sus hermanos e hijos, se acercaron a la tumba y fueron cubriendo la urna de madera con tierra húmeda y pétalos.
Una vez la madre volvió a su asiento acompañada de la familia, una a una y con profunda emoción, se fueron acercando al agujero personas de toda condición que deseaban también despedirse de su amigo Klaus. Unos, hacían un saludo de despedida con la mano a la boca negra, otros susurraban palabras al difunto como si les escuchara, hasta hombres de porte recio y piel curtida le lanzaban besos con los dedos en los labios. Seguidamente se giraban a la familia y se acercaban a dar las condolencias a la viuda y a los hijos.
—Le debo todo lo que soy — le decía a la madre de Peter en perfecto alemán un grandullón, negro de cara, de traje y corbata, con el pelo rizado rebozado en harina. Se mostraba afectado. Al agacharse a abrazarla, perdió sus cincuenta y pico años de compostura y rompió a llorar, y la viuda le consoló acariciándole la mejilla como si fuera un hijo más. Luego, el hombre se incorporó, miró a los hijos y se acercó primero a Peter con gesto de querer sincerarse:
—Tu padre fue como un padre para mí —le dijo tomándole las dos manos y encerrandolas entre las suyas de gigante.
Peter le devolvió el comentario con una sonrisa forzada y una envidia insana. ¿Por qué contigo ejerció de padre y conmigo pasó absolutamente? Estuvo a punto de preguntarle Peter. Pero se contuvo. El hombre le soltó las manos y se fue con la misma cantinela a los hermanos.
Peter, no pudo más, se soltó el nudo de la corbata para aflojar el nudo de la garganta y le saltaron las lágrimas de la infancia, la juventud y las del hombre que tendría que vivir con ese vacío el resto de su vida.
No comprendo nada, pensaba. ¿Por qué nunca nos contaste que ayudaste a toda esta gente?¿Por qué no compartiste con nosotros lo mejor de ti?¿Mamá estaba al tanto?. Siempre te creí un hombre del montón. Gris como tu trabajo de director financiero en ese laboratorio farmacéutico, parco en palabras y gélido en gestos con nosotros y con mamá. Todos los padres están aquí para traer dinero a casa y nada más. Ese pensé siempre que era el papel de un padre. Pero, por lo que veo, debiste ser un gran hombre para recibir hoy tantas muestras de amor. Qué culpable me siento. Ni siquiera hablé de ti en la ceremonia. Por mucho que rebusqué entre recuerdos, no encontré ni una anécdota que mereciera la pena. Tampoco salieron mis hermanos, únicamente los nietos se animaron a leer las típicas peticiones que nunca escucha Dios.
El único que sí habló al finalizar la ceremonia, elogió y homenajeó a Klaus durante quince minutos, fue un franciscano alemán llegado del Congo, con el aura de santidad de los que dan su vida por los demás.
—Klaus fue un santo. Me ayudó durante veinte años a rescatar a niños de la calle. Todas las casas de acogida de África funcionan gracias a su tesón y generosidad, Klaus fue…
Peter, observaba atónito a ese hombre bueno que hablaba de su padre delante del altar y sin micro. Poco a poco, iba entendiendo a dónde iba a parar el dinero que no llegaba a casa. Por qué su padre no le compró nunca la cocina a su madre, por qué conducía ese Volkswagen escarabajo descascarillado y vestía siempre el mismo traje plomizo encerado y la misma corbata raquítica de rayas grises y granates. Por qué nunca les llevaba a un restaurante ni les prestaba dinero. «Lo siento Peter, mi sueldo no da para todo. Tendrás que espabilarte». Era el modelo oficial de respuesta que tenía para el hijo que se acercaba a pedirle ayuda con la matrícula de la universidad, la boda o el piso.
Mientras recordaba las palabras del franciscano, Peter observaba en el cementerio a una mujer solitaria, de edad indefinida y el deterioro físico de una heroinómana. Sin ninguna prisa por irse, regaba de pétalos la tumba y mantenía una conversación entre susurros con su padre, cuando pareció tener un desvanecimiento y comenzó a torcerse como un árbol serrado. Suerte que Frank, su hermano mayor, estuvo despierto y se lanzó a sostenerla por un brazo. Torpemente, dirigida por Frank —las lágrimas le habían convertido el rímel en acuarela y tenía la cara de un payaso triste—se fue hacia la madre que, sorprendentemente, sí la reconoció, se levantó y se fundieron en un abrazo interminable.
—Él me salvó la vida —le susurró a mamá con la voz quebrada.
—Lo sé cariño —le contestó su madre como si hubiera despertado por un momento del letargo y compartieran un secreto.

Y así pasó una hora más de confesiones, abrazos de extraños y descubrimientos, donde los últimos en despedir a Klaus Brunner, se quedaron sin pétalos que echarle.
Durante las tres horas que duró el funeral, Peter fue hilando e hilando hasta acabar de tejer, como una manta provenzal, la verdadera historia de su padre. Estaba decidido, con ayuda de los que salieron beneficiados con su generosidad, a seguir cosiendo los miles de detalles que necesitaba conocer de él y así al menos borrar sus propios archivos de memoria y empezar a recordarlo tal como los que le quisieron.
Suerte de tus amigos, le decía a su padre. Si no es por ellos, simplemente te hubiera enterrado y olvidado para siempre.

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