El diario de Cholo

2 de Mayo
Esta mañana, por fin, hemos ido los cinco a buscar a Cholo. Las niñas estaban excitadisimas y Alicia, a pesar de no estar convencida con lo de meter un perro en casa, no se pudo resistir al vernos tan ilusionados. Cholo no es mono, es monísimo. Ya sé que los cahorros de Golden son para comérselos pero es que Cholo es distinto. Te desarma, con ese cuerpecito y movimientos torpes, esos ojitos negros de osito de peluche y esos dientes como agujas. Es tan suave… parece espuma de café con leche. De sus seis hermanitos, era el más espabilado y mimoso. Yo creo que es superdotado. Por eso le escogimos. Y es Golden, Golden. El criador me enseñó los certificados de sus padres y se hará grande y fuerte como un león. Estamos encantados de tenerlo ya en casa.

3 de Mayo
Cholo tiene una camita en la cocina y periódicos para que haga los pipís y los popós, hasta que pueda salir a la calle—dentro de tres semanas le ponen la ultima vacuna —. También, Alicia y las niñas le compraron un peluche para que juegue y una pelota de goma especial en la que introducirle pienso y lo muerda por si le duelen los dientes de leche. La primera noche, me despertaron sus aullidos infantiles. El pobrecito echaría de menos a su mamá y sus hermanitos y, cuando entré en la cocina, en camiseta y calzoncillos, y me tumbé a su lado, el perrito se me acurrucó como un bebé, se tranquilizó y nos dormimos juntos. Por la mañana, a eso de las cinco de la mañana, sentí una humedad que me subía por el culo y se derramaba por la espalda. Cholo se acababa de hacer su primer pis encima de la colchoneta. Pero es normal, poco a poco aprenderá.

5 de Mayo
El pienso especial Royal Canin Golden Puppie five stars que me costó sesenta euros, le produce diarreas a Cholo. He tenido que cambiarlo por otro saco de Royal Canin especial digestive puppies 5 cereales que me ha costado ciento veinte euros. Parece que este lo asimila bien. La caquita que me dejó en la alfombra del comedor y que recogí este medio día cuando me escapé del trabajo, estaba dura y consistente. Tiene forma de tronquitos muy graciosos. Siempre hace tres y uno más pequeño acabado en punta. Se le ve contento. Ha cogido confianzas y ya corre a sus anchas por el piso. Cuando llegan por la tarde las niñas de clases de danza, juegan con Cholo y se lo pasan en grande los cuatro y el ambiente familiar en casa es fenomenal. Mientras Alicia hace la cena, yo voy fregando los pipís que Cholo va dejando por el piso. Es un revoltoso pero una cucada. Decididamente, a esta familia le faltaba tener un perro.

12 de Mayo
Cholo lleva ya una semana con nosotros y crece a pasos agigantados. Le cuesta lo de hacer sus cosas en el periódico. Esta madrugada me he levantado descalzo de la cama para ir a beber un vaso de agua a la cocina y, cuando he salido de la habitación y entrado en el pasillo, he notado que aplastaba con el pie algo pastoso y frío. Al encender la luz y mirar el suelo he reconocido enseguida la autoría del regalo y me he encontrado a Cholo, tumbado tan alegre en el pasillo, mordiendo a conciencia el cargador de mi ordenador —no me explico cómo pudo salir de la cocina—. La caca que pisé era prácticamente diarrea. Lo único consistente era el último tronquito acabado en punta. Lo llevaré al veterinario mañana.

13 de Mayo
Esta mañana el veterinario solo podía recibirme a las once, y avisé en la oficina que me retrasaría un poco. El veterinario era encantador y tenía mucha mano con Cholo. Me recetó unas pastillas especiales para proteger su estómago, me cambió de marca de pienso (Eukanuba Super Golden Digestion Formula 10) y aprovechó para darme unas vitaminas en ampollas que le tengo que dar tres veces al día. Por ser la primera visita, solo me cobró ochenta euros más las pastillas.
Al llegar al trabajo a las doce y media, me tropecé con el jefe en recepción y me preguntó cómo es que llegaba tan tarde y me ausentaba tanto a mitad de horario. Le tuve que decir que tenía a los hijos con sarampión. Parece que se tragó la excusa. Es lo primero que se me ocurrió.
Luego, a eso de las seis de la tarde cuando llegué a casa, me encontré a Tamara, la mujer de la limpieza que viene una vez a la semana. Estaba plantada en la cocina con los brazos en jarra y el morro torcido:
—Don Pedro, su perrito no me deja trabajar, la casa huele a demonios, dejo de planchar sus camisas para fregar meados, me ladra como un energúmeno cuando paso el aspirador y ando pendiente de él para que no se coma los muebles. Si quiere que siga con ustedes, tendrán que subirme el sueldo.—me dijo.

15 de Mayo.
Ahora el perrito ya no sólo se mea por toda la casa. Además se come los periódicos y vomita bolas de noticias deportivas mezcladas con las de sociedad y política internacional. La pobre fregona se cansó de absorber pises y Alicia tuvo que buscarle sustituta.

19 de Mayo
El perro de las narices come poco. No lo entiendo, yo y las niñas le hacemos correr por el pasillo para que se canse y coja apetito. Además, sigue con diarreas y ya no hace el tercer trozo con punta. Alicia ha tenido que hacerse cargo de él pues yo tuve que irme de viaje de trabajo tres días. Desde que vine del viaje, Alicia está seca conmigo. «Te lo dije pablo, te lo dije, lo del perro no era buena idea», Me soltó nada más entrar por la puerta con la maleta. El perro no le había dejado viva ni una de sus plantas del salón.
—Tranquila Alicia, yo me encargo, ten paciencia con él —le contesté masajeando sus hombros y la cabeza, como tanto le gusta a Cholo.

22 de Mayo
El animal lleva ya dos semanas con nosotros y todavía falta una para vacunarlo y que salga de una puta vez del piso. Por mucho que le he dado galletitas para educarlo, el subnormal no ha meado una sola vez en los periódicos. Para seguir tocando los cojones, parece que las pastillas del estómago le han provocado una reacción y se le cae el pelo a puñados y tenemos la casa llena de balas de pelo que corren por el pasillo como empujadas por un viento tejano. Antes de ayer, jugando con Anita después de cenar, le mordió un moflete con esos dientes de bacalao y la tuve que llevar a las diez de la noche a poner la antitetánica. He llamado al veterinario para pedir hora para la dichosa vacuna y me dice que me llamará que va muy liado.

24 de Mayo
En casa no podemos respirar. Ni abriendo ventanas y creando corriente, conseguimos que el aire arranque los aromas del bicho. Las niñas empiezan a quejarse. Ya no le hacen tantas gracietas al perro.

27 de Mayo
Hoy ha sido una pesadilla. Al llegar corriendo al medio día a casa, después de escaquearme de una comida importantísima con un cliente de la gestoría, me encontré al puto animal boca arriba y medio muerto en el salón. Sólo movía ligeramente la pata trasera y le colgaba la lengua fuera. Casi atropello a un niño en un patinete de lo que corrí en el coche camino de urgencias con un pañuelo blanco sacado por la ventanilla. En el veterinario le hicieron una placa y descubrieron, la cabeza de la Barbie rockera de Susanita que le regalamos anteayer por su cumple, cruzada en su esternón, con su larga melena repartida por las tripas del perro. La operación me costó cuatrocientos euros, además de un interrogatorio posterior a puerta cerrada con el jefe, donde tuve que contestar a toda clase de preguntas sobre el sarampión de las niñas.

1 de Junio
Ayer me despidieron del trabajo.
Alicia me había llamado a la oficina por la mañana echa una furia, primero para informarme que Cholo había roído como un castor las patas de las seis sillas del comedor y, también, que habían llamado del veterinario para avisar que a las nueve y media me esperaban para vacunar a Cholo. La mala suerte vino cuando mi jefe cogió el teléfono porque Lupe, la secretaria, estaba en el baño. Según Alicia, así de sencilla fue la conversación:
—¿Qué tal tenéis a las niñas? —me preguntó tu jefe a bocajarro cuando le dije que era tu esposa.
—Estupendas, ¿por qué? —le contesté yo inocentemente.
—Me alegro. Pensaba que el sarampión duraba más tiempo en curarse —dijo él con tono extrañado.
—¿Sarampión?
Joder Jose, qué iba yo a saber de tu cuento del sarampión de las niñas.

2 de Junio
Al llegar hoy al veterinario —cabizbajo, deprimido y con más rabia en el cuerpo que un perro callejero—, tenía más ganas de sacrificar al chucho que de vacunarlo. Al entrar en la sala de espera, me senté junto a un anciano. Estábamos solos. Protegiéndolo con ambas manos y encima de sus rodillas, guardaba como una reliquia, acurrucado y tembloroso, una especie de caniche-rata canoso. No sé cual de los dos tenía más años. Al anciano se le veía angustiado, miraba cada dos por tres a la puerta del veterinario esperando a que le llamaran. No paraba de decirle a su animal «aguanta, Filemón, aguanta, no te vayas», mientras le acariciaba el lomo con la mano donde llevaba un gran anillo con el escudo dorado del Athletic de Madrid. Ni Siquiera se percató de mi llegada. A través de sus gafas vi que tenía los ojos llorosos y no le quitaba la vista a su rata faldera. Yo tenía a Cholo tumbado entre mis piernas y no paraba de removerse para soltarse de mis brazos e ir a tocar los cojones por la sala. No podía dejar de mirar de reojo al anciano. Vestía ropas de urgencia y traía de casa el olor a cerrado de una larga jubilación. Tenía la pinta de estar sólo en la vida y de tener por único compañero a ese animal indescriptible. Cómo algo tan pequeño y esperpéntico podía llenar tanto a un hombre, pensé. Y, cómo algo tan pequeño como nuestro cachorro, podía arruinarme tanto la vida, tambíen me dije.
—Don Arturo, ya puede pasar —Le dijo la veterinaria desde la puerta de su consulta.
El anciano se levantó con dificultad, portando al caniche enano como si fuera una ofrenda. Al cabo de media hora de espera, se abrió la puerta del consultorio. La veterinaria se despidió del viejo dándole unas palmadas de ánimos en la espalda y volvió a cerrar la puerta tras él. El viejo llevaba las manos vacías y lloraba desconsoladamente. Iba dando pasos de ciego sin encontrar la salida cuando me levanté con Cholo en brazos y me acerqué a él imaginando lo que había pasado.
—Estaba muy viejecito el pobre ¿verdad?
—Y ahora, ¿con quién beberé cerveza viendo el fútbol? —decía el viejo ausente y restregándose los ojos con los puños.
Entonces fue cuando se encendió una de esas cerillas dentro del cerebro que te ayudan a ver todo con absoluta nitidez. Me salió del alma:
—Este es Cholo —le dije al viejo poniéndole delante de las narices al cachorro —. Yo venía a dárselo a la veterinaria para que alguién lo apadrinara. ¿Le gustaría quedárselo? Es muy cariñoso. Seguro que se hacen buenos amigos.

7 de Junio
Hoy, como cada domingo, hemos ido los cinco a visitar a Cholo a casa de Arturo. Cuando él nos abrió y entramos en el saloncito, la tele estaba puesta a todo volumen y jugaban el Getafe contra el Alavés. Cholo, sentado frente a un televisor del pleistoceno, miraba tan absorto la pantalla, que no se percató de que estábamos observándole.
—Cuando tiran la pelota fuera o pitan una falta, Cholo aprovecha para darle unos sorbitos de cerveza al cuenco que le pongo junto al televisor —nos decía un Arturo sonriente y orgulloso.
Cuando Cholo escuchó la voz de su amo, se giró, nos miró fijamente y nos saludó con un largo y sonoro erupto cervecero.

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