Ernesto / intersección 16

Ernesto, vestido con el traje de los domingos recién sacado de la tintorería, cerró los ojos, trastabilló sobre la barandilla de la terraza y dejó que su cuerpo buscara el vacío. Allá arriba, en su piso de viudo, se quedaba sola para siempre la soledad con la que convivió desde que Lucía le puso cuernos con un tumor. Dolerá menos el golpe contra el suelo que los que recibo al recordar, pensó Ernesto durante los siete segundos que duró la caída.

Contra todo pronóstico Ernesto no murió. Estuvo, eso sí, seis meses en el hospital recomponiéndose. Una mañana de las tantas aburridas que se pasó allí, en la sala de espera de los rayos X, silla de ruedas con silla de ruedas, conoció a Candela. Tenía ochenta años de arrugas y veinte de sonrisas. Se casaron al poco tiempo en la capilla del hospital y los testigos fueron el fisioterapéuta y la enfermera. 

(Cuadro perteneciente a la exposición INTERSECCIONES)

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