Coronacuentos

¿Y ahora qué?

 

     Se acabó. 

     Ya son nueve meses de confinamiento en el pisito de Moratalaz y dos que Lola y yo no tenemos noticias del exterior: la tele, la radio, los medios digitales, han dejado de informar sobre la situación, se han quedado mudos; ahora, las veinticuatro horas del día, nos torturan con el dichoso “Resistiré” del Dúo Dinámico y una imágen del Rey junto a la reina y las infantas (que, por cierto, desconozco si siguen sanas). El resto de países igual. En Estados Unidos, por ejemplo, la música que han escogido como carta de ajuste es el “Born in USA” de Bruce Springsteen y la imagen fija es la de un Trump con esa cara de soberbia que me recuerda a la de Mussolini en sus mejores tiempos. Parece que se les haya acabado la información o no tengan de qué informar. Poco a poco dejaron de aparecer ante las cámaras portavoces del gobierno a dar explicaciones. Como los cereales del súper, fueron reponiendo a los que caían pero ahora ya no queda nadie y los demás políticos carroñeros de la oposición, los que quedan sanos, supongo que siguen rapiñando por los restos. 

     Hace tres meses que dejamos de salir al balcón a aplaudir a las ocho. Cada día salían menos, los últimos fueron una pareja de barbudos que se cansaron de dar palmas solos. A medida que el Estado de Alerta era nuestro nuevo modelo de vida, pensamos que ya habíamos aplaudido mucho y que nadie nos aplaudía a nosotros. Ni siquiera la vecina soprano del bloque de enfrente ha vuelto a regalarnos su Brindis de Verdi con el que tantas y tantas noches nos deleitó después de cenar. Mario, el vecino de al lado con el que quedaba en la terraza cada mediodía para fumar y hacer el vermut, ha dejado de hablar y Aurora, su mujer, me ha dicho que no deja de hacer y rehacer obsesivamente el mismo puzzle de un castillo de Baviera. Solo queda Abelardo, el jubilado del piso de abajo que sale en pijama los mediodías a aporrear una cazuela en protesta porque no sabe nada de su mujer desde que se la llevaron infestada de coronavirus. Es como si fuéramos monitos de juguete con las pilas agotadas, encerrados en un escaparate, con la esperanza rota de volver a nuestra antigua rutina. Ahora la veo tan lejana, tan desdibujada…

     En casa nos movemos por el piso como zombies mustios que han perdido el sentido del tiempo y del espacio. Nuestros hijos Hugo y Lucas, dejaron hace tiempo de bombardearnos con sus preguntas inocentes y quejas por el encierro prolongado: «¿Cuándo volveremos al cole?»,«¿Los abuelitos están vivos?»,«¿Otra vez tortilla?»,«¿Podemos bajar a jugar con la pelota?», «¿Se quedará mucho más tiempo el coronavirus en nuestro planeta?». Preguntas que dejaron de tener respuesta porque sus padres estábamos hastiados, desinflados, deprimidos y dejamos de hablar. Lo único que queda de aquel buen rollo que había, de aquella comunicación abierta y fluida, esas explicaciones amorosas y pacientes, de todo aquello, lo único que ha quedado han sido dos monosílabos: SÍ y NO. Únicamente nos quedan fuerzas para eso. 

     Los cohetes espaciales hechos con los bricks de leche, los disfraces de papel pinocho, los muñecos de barro pintarrajeados, las pinturas con témpera de la familia con arco iris al fondo y arengas con el famoso “Resistiremos”, cuelgan por la casa como restos de naufragios de esas primeras semanas de cuarentena que veíamos como una oportunidad, una buena experiencia, más que un castigo. 

     La primavera se hizo razonablemente soportable; con el verano el encierro a presión entró en ebullición y, en otoño, los ánimos cayeron en picado como las hojas de los árboles. Ahora que ya estamos en Noviembre, hemos perdido el apetito y las ganas de reunirnos en desayunos, comidas y cenas. A deshoras, el que tiene algo de hambre, ataca la despensa y abre alguna lata de conservas o se hace un sandwich de foie gras La Piara que se lleva a su cuarto. Allí nos pasamos parte del día, mirando al techo, despanzurrados en las camas o los sofás del salón, hibernados como una familia de osos. No hay horarios, limpieza, orden, la baja moral se ha adueñado de este barco. Ya nos vimos todas las series de Netflix, de HBO, de Amazon Prime, de Apple TV, de Disney. Hasta llegué a obligarme a leer algo de más profundidad y empecé “El cantar de los Cantares” de Fray Luís de León; a las veinte páginas, dejé de creer en Dios. Los juegos ya no son divertidos. Marta y yo hemos dejado de ser divertidos. Los niños han entrado en una peligrosa espiral de silencio y abatimiento que me asusta. Esto no puede seguir así. 

     —Hoy nos vamos a duchar, nos vamos a vestir de calle y vamos a salir —le digo a Lola que la tengo en su lado de la cama, escuchando con los auriculares del iPad tutoriales de iniciación al budismo—. Me da igual si abajo, los militares o la Guardia Civil o fuerzas de ocupación rusas, nos detienen—sigo hablando todo lo que no he hablado en mucho tiempo—. Hace días que salgo al balcón y no veo en la calle movimiento alguno. Es como si nos hubieran abandonado a nuestra suerte. ¿Lola, escuchas lo que te estoy diciendo?

     —Sí —responde con uno de sus dos monosílabos. 

     —¡Pues vámonos!—le digo saltando de la cama para ir al armario a ponerme una camisa planchada, unos pantalones planchados, unos calzoncillos limpios, unos calcetines y unos zapatos de cuando salía entrajado al trabajo que ya no tengo. Son las doce de la mañana. Una hora muy buena para romper el cautiverio. 

     La noticia de la fuga ha caído en casa como una piñata de confeti. Lola se ha puesto un vestido floreado de tirantes y unas sandalias y ha vestido a los niños de domingo; están exitadisimos: las piernecitas se les han disparado y no paran de dar saltitos como si se les escapara el pis. Lucas lleva debajo del brazo su balón de cuero. Antes de abrir la puerta a la libertad, reunidos todos en el vestíbulo con guantes de fregar platos, mascarillas y los nervios a flor de piel, les doy las últimas instrucciones:

     —Niños, ahora somos un equipo expedicionario y debemos guardar mucho silencio para que no nos descubran. No cogeremos el ascensor para no hacer ruido y bajaremos sin abrir la boca. Chsss…

     Casi de puntillas bajamos los cinco pisos de escaleras. Los niños llevan las caras igual de iluminadas que cuando van a entregar sus cartas a los reyes Magos. Somos cuatro presos huyendo por las alcantarillas; ya abajo abrimos a cámara lenta la puerta del portal y asomamos las cabezas. 

     —Papá, tengo miedo —susurra Lucas. 

     —Tranquilo cariño, salimos despacito —le contesta Lola cogiéndole de la mano—, no nos va a pasar nada.

     Hace un día primaveral. Una bocanada de aire limpio, refrescante, desconocido, nos entra por la nariz —llevamos casi un año respirando el mismo aire denso y enrarecido en el piso—. Nadie a la vista, les digo. Salimos aterrados de que nos detengan. Juntos de la mano damos los primeros pasos hacia la libertad hasta pararnos en medio de la plazoleta de cemento rodeada de altos bloques de viviendas. Algunos vecinos se han asomado a sus terrazas y no dan crédito al vernos reconquistar la calle. El Chino, la panadería, el kiosko de Tomás, la tienda de informática, el super de los Pakis, todo está cerrado a cal y canto. No hay coches, no hay policía, no hay cotorras en los árboles. No han pasado ni cinco minutos cuando se abre la puerta de otro portal de enfrente y sale una pareja enmascarada empujando un cochecito de bebé. La primera reacción al verlos es de alerta, de miedo al contagio y nos ponemos delante de los niños haciendo de escudos humanos. Lentamente y en silencio se aproximan al centro de la plaza donde nos encontramos. Tres metros, dos, uno… miradas llorosas bajo las máscaras que hablan por sí solas, hay una necesidad imperiosa de contacto y los dos hombres, sin mediar palabra, nos bajamos las mascarillas al cuello, damos el gran paso y nos abrazamos. Lola, con lágrimas en los ojos, no se lo piensa dos veces y hace lo mismo con la mujer del cochecito. Sin darnos cuenta más humanoides han salido de sus confinamientos y se acercan a nosotros a abrazarnos. Se ha formado una melé de abrazos. No hay palabras, solo se escuchan los besuqueos en las mejillas y los sollozos de emoción. Un hombre con las barbas de Papá Noel y un chándal roñoso ha bajado hasta una litrona para celebrarlo y la va pasando para que bebamos a morro. Mario también ha abandonado el puzzle y se abraza a mí con la fuerza y cariño de un hermano. Gracias, gracias, me dice. Abelardo, el jubilado, también ha salido de su zulo y va de uno en uno preguntando por su mujer. 

     —¿Y ahora qué?—pregunta al aire una señora con bata azul celeste y pantuflas. 

     Nadie tiene una respuesta pero continuamos con los abrazos como si celebráramos en familia la llegada de un nuevo año. 

 

Juana de Arco

 

     Juana vive sola con su pensión de viudedad, tiene setenta y dos años, la determinación y el carácter de un general de brigada y un periquito llamado Chen. Está en la franja de edad más apetitosa para el coronavirus pero ha jurado por Dios que nunca se dejará atrapar por él. Siempre, desde que tiene uso de razón, supo cómo enfrentarse a estos bichos. 

     Mucho, mucho antes de que coronaran emperador a este microbio, Juana ya luchaba, día a día, contra cualquier otra clase de microorganismo. Por muy microscópicos que fueran, por muy bien camuflados que estuvieran, Juana era capaz de ver sus cuerpecitos monstruosos deambular a sus anchas por las monedas y los billetes de diez, veinte y cincuenta euros; estudiaba minuciosamente a sus enemigos trepando en fila india por las barras de los autobuses públicos; seguía su trayectoria cuando volaban, como hombres bala, disparados por el estornudo de una feligresa en misa; los descubría acampados en una barra de pan, en el mango de una sartén, en los pomos de las puertas, en los botones de los ascensores; los pillaba in fraganti aguardando a sus víctimas en las barandillas del metro o en los cubiertos y aceiteras de los bares. No comprendía cómo nadie, excepto ella, podía advertir semejante amenaza. 

     Mucho antes de casarse con Ramón, Juana ya salía a la calle con los guantes de mayordomo puestos y el spray desinfectante dentro del bolso —su fórmula secreta a base de agua, lejía, alcohol y salfumán, era letal—. Si bajaba a la panadería, inmediatamente subía a casa a fumigar la barra, cambiarse los guantes y lavarse dos veces las manos y los brazos como si hiciera abluciones; seguidamente se deshacía de la pastilla de jabón y echaba la toalla a lavar. Si, más tarde tenía que bajar de nuevo al mercado o a la tintorería o la peluquería, repetía la misma ceremonia. Nunca iba a dos establecimientos a la vez ni se alejaba mucho del barrio. Y si le tocaba coger el transporte público para visitar a su hermana Cecilia a la residencia —cosa que hacía en contadas ocasiones para huir de las toses y estornudos—, sacaba su arma letal e iba sprayando barras y asientos como una posesa—. Al bajar en su parada, se metía en los lavabos de la cervecería Munich para desinfectarse con su líquido infalible. Juana, jamás daba la mano sin guantes y se cuidaba mucho de administrar los besos que siempre sonaban en el aire y no en las mejillas. Por esta razón y desde que tenía uso de razón, Juana no recordaba haber pasado una gripe, una viruela, un sarampión o una fiebre. Tampoco, por la misma razón, Juana tuvo amigos: a los amigos hay que abrazarlos y besarlos y ella nunca estuvo en condiciones de semejante sacrificio. Como tampoco estuvo en condiciones de engendrar hijos. Ya, la primera noche de viaje de novios, Juana se resistió a intercambiar fluidos con Ramón:

     —Ramón, yo te quiero, lo sabes —le dijo mientras Ramón, encendido como una antorcha, se afanaba en besarla y chuparla por el cuello y los hombros—pero por favor, no quiero besos, ni lametones, ni sorpresas con las eyaculaciones—le rogó Juana, defendiéndose con manos, brazos y codos de la fiera de su nuevo marido.

     A lo máximo que llegaron esa y todas las noches de su matrimonio, fue a hacerse tocamientos a una distancia prudencial, siempre y cuando llevaran puestos los guantes blancos. 

     Hace cuatro meses —mucho antes de que decretaran la Alarma General—, que Juana está preparada y tiene la certeza de que ella no formará parte de las cifras de contagiados y, mucho menos, de las listas de fallecidos que inundan cada día los noticieros. El de Juana no es digamos un confinamiento normal. No aguarda a que se levante la cuarentena como una anciana solitaria, anestesiada delante del televisor o cosiendo punto de cruz o regando sus plantitas o cocinando pasteles de manzana. Ella, a pesar de ser pequeña y tener aspecto de figurita de Lladró, es una soldado y está en guerra contra la pandemia. Al levantarse temprano se pone sus cremas antiarrugas, se maquilla como si tuviera una cita en Tinder y se pone su armadura desde que se levanta el sol hasta que se acuesta: es el traje blanco de protección antivirus que compró por Amazon —encargó en total cinco trajes en cuanto vio en el Telediario a los chinos con las mascarillas—. Juana nunca olvida ponerse el brazalete azul con una imagen serigrafiada de la Virgen de Lourdes. Es su escudo contra la plaga de infieles. 

     El pisito de la calle Caspe lo ha convertido en una fortaleza infranqueable: las paredes, suelos, baños, electrodomésticos y hasta los santos y vírgenes de su capillita, están plastificados con film de conservar alimentos (la bobina industrial de mil metros le llegó también por Amazon junto con los trajes de protección). La farmacia y comida de la semana se la encarga a Glovo a través de su app y no deja de agradecer sus servicios y eficacia. La bolsa con la compra se la deja un Glover en la puerta y ella, con su spray mágico desinfectante al que le ha añadido agua de Lourdes, rasca y frota obsesivamente cada naranja, cada huevo, cada brick de leche, cada zanahoria o envase de camamila, hasta dejar de ver enemigos por sus superficies. 

     También, dentro de sus medidas defensivas, ha sacado la jaula de Chen a la terraza y la ha colocado sobre una mesita donde antes lucían unas hortensias. Como un minero defendiéndose de los gases, Juana ha puesto al pájaro de guardia en su garita de hierro, esperando a que alerte de la llegada del coronavirus; lo tiene trabajando de ocho de la mañana a ocho de la tarde y luego lo mete en el salón para que no se congele; cada dos por tres, en constante vigía, aparta los visillos con las manoplas protectoras para cerciorarse de que Chen sigue en pie encima de su palo, de que no tose o deja de comer o beber. 

     —No me vas a contagiar, por mucha corona que lleves —le dice Juana al enemigo sin quitar los ojos del periquito. 

     Es consciente de que a su mascota le ha encomendado el trabajo más peligroso —le sabe mal exponerlo tanto—, pero está convencida de que en esta pandemia las mascotas van a jugar un papel decisivo. 

     A Juana las horas se le pasan volando. Siempre está atareada con la defensa del castillo. No hay un rincón, un objeto, por muy plastificado que lo tenga, que no repase diariamente con el spray. Ramoncito, Ramoncito, de la que te has librado, le dice Juana a la foto enmarcada y plastificada de su marido mientras le dispara tres ráfagas con el pulverizador. La imagen de ella, moviéndose a cámara lenta con el traje blanco de protección y todo el piso envuelto en plástico, recuerda una película de ciencia ficción. Lo que más le molesta es cuando, después de comer, se sienta a ver la película de vaqueros y se le empaña la visera de plástico. Entonces es cuando, con las nieblas y el sopor, cierra los ojos y vuelve a soñar que es Juana de Arco y que destronará a ese maldito virus con la ayuda de Dios.

 

Cholo

 

     Dos meses confinados en el piso.

     Mis hijos Sara, Juan, Berta, mi mujer Rocío y mi suegra, ya habían consumido su turno. Ahora tocaba que me sacara a mí. Llevaba todo el día con el mono de salir a la calle, de tomar mi dosis de aire, de pisar asfalto y no moqueta, deleitarme con las nubes, con los brotes de primavera en los cuatro arbolitos esmirriados del barrio, imaginarme libre de nuevo.

     —¡Cholo, Cholo, vamos a la calle! —le llamé desde el recibidor, con la correa en la mano. 

     Pero Cholo no aparecía por ninguna parte. Extraño, pensé, Cholo ya estaría en la puerta, agitando nerviosamente su cuerpecito de mil razas, removiendo el aire con su raquítico limpiaparabrisas, haciendo claqué en el parquet con sus uñas de nutria. Pero no vino a la llamada, a su llamada. Tras buscarlo y rebuscarlo por todo el piso, lo encontré escondido bajo la cama de mi dormitorio. No me lo dijo de palabra porque es un perro, pero sí que me lo dejó claro con sus ojos negros y saltones de cabra asustada: me tenéis harto. 

     —Lo sé Cholo, te sientes utilizado—le dije en tono paternal, a cuatro patas y levantando la colcha de la cama para poder verle en la penumbra—, pero deberías estar orgulloso, ahora eres tú el que nos sacas a la calle y por primera vez en tu vida haces algo útil por la familia. 

     En lugar de convencerle con mi tono conciliador de que levantara la huelga, Cholo fue reculando hacia el fondo de la cama, se arrinconó contra la pared y me dio la espalda. Del buen rollo y el cariño hacia el chucho, pasé al calentamiento.

     —¡Escúchame bien chaval! Hoy me acaban de despedir con un ERTE por videoconferencia. Cuando acabe toda esta mierda, si se acaba, no sé si tendré trabajo, no sé si la empresa seguirá ni siquiera en pie. No aguanto más en casa, no puedo más de Netflix, Trivials, cartas, memes, tele-yogas, tele-aerobics, tele-pollas… ¡¡Necesito salir!! ¿Y ahora tú, hijo de perra, te vas a negar a sacarme a dar un mísero paseo? 

     La única respuesta de Cholo fue aterrizar la cabeza en el suelo y taparse la cara con las patas. Vista su actitud y cagándome en toda su familia, tuve que sumergirme de cuerpo entero bajo la cama para enganchar la correa al collar y sacarle a la fuerza de su refugio. 

     —¡Ahora vas a sacarme a la calle por mis cojones!

     Lo arrastré tumbado por el pasillo, por el recibidor, siguió haciéndose el muerto cuando lo arrastré por las escaleras—como si sacara de la plaza un toro recién caído—y seguí remolcando, con tirones de rabia, sus cinco kilos por la calle hasta que, por fin, doblando la esquina, un klinex tirado en el suelo le llamó la atención, se incorporó y se puso a olfatearlo con su nariz de trufa. 

     No le dirigí la palabra en todo el paseo. En el trayecto al pipican que hay a tres bloques de casa, a Cholo no le quedaba una gota de orina para marcar, pienso que cagar, ni una pizca de interés en escanear los olores que había restregado con el hocico un millón de veces. 

     Nos volvimos a casa con las cabezas gachas, como dos presos que vuelven a su celda después del paseillo por el patio. Ya en el portal, mientras buscaba las llaves para entrar, Cholo se sentó, levantó la cabeza y me volvió a decir con su mirada de ternero degollado: Sí pero, me tenéis harto.

 

Una excursión a la ciudad

     

 

     Mira que se puso terca la compañera sentimental del jabalí; hasta le amenazó que si bajaba a la ciudad, se marchaba a casa de su madre con los siete jabatos. Te van a matar, le decía. No sirvieron de nada las advertencias. Incluso la mujer llegó a utilizar a los niños para que ablandaran a su padre y desistiera. Pero no hubo manera. El jabalí, que era igual de cabezota que su padre, no dio su pata a torcer.

     —Me han dicho unos colegas del bosque que Barcelona está deshabitada. Que no hay humanos. Mujer, es la oportunidad: poder bajar y explorar el terreno. Igual encuentro más comida allá abajo que aquí en Cerdanyola. 

     Salió de los matorrales de casa un lunes doce de Marzo, a las seis de la tarde. Dejó a su mujer bañada en tal mar de lágrimas, que contagió la pena a los jabatos y los llantos despertaron de la siesta a todo bicho viviente. El jabalí se echó al lomo un zurrón con bellotas para el camino, tomó la vereda del monte que tanto conocía y llegó al campo de fútbol de un colegio sin niños. Luego cruzó la carretera de Vallvidrera, sin coches que le pitaran, y acabó en el barrio de Sarriá. Allí el único humano con quien se topó, se cubría la cara con una mascarilla y no mostró ni el más mínimo interés cuando se cruzaron las miradas. En una plaza cercana a la parada de los ferrocarriles, el jabalí, merendó unas bellotas para coger fuerzas, restregó el lomo contra un semáforo para marcar territorio y siguió ruta. Sin prisa pero sin pausa fue bajando, cada vez más ligero y confiado, por la calle Capitán Arenas y llegó con las últimas luces hasta una calle que le pareció inmensa: La Diagonal. El jabalí no daba crédito a lo que veía y olía: Barcelona era una ciudad fantasma. Por alguna razón inexplicable, los humanos habían marchado. Un pesado silencio lo cubría todo. No obstante, el aire que olfateaba estaba sorprendentemente limpio y no como la nube de polución que les solía llegar a la sierra. 

     Anochecía. El jabalí siguió trotando veinte minutos más por La Diagonal, hasta que se tropezó con la gran plaza ajardinada de Francesc Maciá. Encantado de encontrar algo de verde entre tanto asfalto, el animal se puso a levantar el césped con el morro en busca de bulbos, raíces o lo que se moviera. Al cabo de unos minutos, cuando el mamífero artiodáctilo había trillado media plaza, un ciervo, con cornamenta para colgar quince abrigos, entró también en el parterre a comer hierba.

     —Joder chaval, estoy alucinando. ¿Dónde coño se habrán metido los animales estos?—dijo el ciervo.

     —Ni idea —dijo el jabalí—, pero es muy extraño. Por estas fechas ya estarían pegándonos tiros en el culo por la sierra. Por eso he bajado a ver qué pasaba. 

     A la tertulia en la plaza se fueron sumando unas ardillas que venían de excursión desde el parque de la Ciudadela, tres pavos reales llegados del Palacio de Pedralbes y una familia de seis corzos que se había aventurado a venir a la ciudad desde Montserrat. La fiesta estaba super animada hasta que, el destello intermitente de unas luces azules y rojas, cegó al jabalí y ahuyentó a sus amigotes que salieron por patas en todas direcciones. 

     —¡Te tenemos rodeado! ¡Quédate quieto y todo irá bien!—sonó una voz metálica desde un altavoz. 

     El jabalí, pasando de la advertencia y no dándose por aludido, siguió destrozando el jardín con el hocico y los caninos. De repente, como si la cosa no fuera con él, sintió un aguijonazo en su cuarto trasero, el mundo le empezó a dar vueltas y, en tres segundos, perdió el conocimiento y se derrumbó de cuatro patas. 

     Le despertó el griterío de una bandada de cotorras verdes que nadie sabía cómo habían llegado a la sierra. Al abrir los ojos, el jabalí se encontró tirado en un claro del bosque. Joder, me han dejado aquí tirado los putos humanos, pensó medio resacoso por culpa de anestésico. Al menos estoy vivo. Un poco grogui, el jabalí encontró el camino a casa y llegó a la media hora. Le salieron a recibir su compañera y toda la tropa que, por lo visto, seguían en casa, a pesar de los juramentos de abandono del hogar. La mujer, nada más verle llegar, se le abalanzó y le dio un largo e intenso beso en el hocico mientras los guarros de sus hijos le saltaban encima y gritaban de emoción. 

     —¿Has visto la ciudad?—le preguntó ansiosa de información la señora jabalí.

     —Sí, decepcionante. Viven afinados en colmenas de ladrillo. Pero todos los humanos se han ido y hay animales por todas partes. Los pocos humanos que vi, llevaban las caras tapadas, como si se escondieran de algo. De comida nada de nada. Sin duda, vivimos mejor aquí. 

     —¿Tú crees que volverán?—preguntó intrigada la mujer. 

     —No lo sé cariño. Mientras tanto, disfrutemos de este tiempo de paz sin ellos.  

 

 

Un esposo ejemplar

   

     

     Jorge es un trozo de pan. Y, desde hace tres días —llevamos tres semanas confinados en casa con las dos niñas pequeñas—, me lo ha vuelto a confirmar: el hombre se ha encerrado en el cuarto de baño por nosotras. 

     —Cariño, viajé mucho por Asia el último mes y, por precaución, creo que es mejor que me aisle de vosotras, no quiero que corráis riesgos innecesarios—me dijo, la noche antes de exiliarse al baño con el portátil, diez bolsas de pipas saladas, unas pesas para hacer gimnasia y tres mudas. 

     Pobrecillo, qué responsable es mi Jorge y vaya sacrificio que está haciendo, pensé. No me imagino lo mal que dormirá en nuestra bañera, con lo grande y largo que es. 

     Al principio me costó mucho tener al marido enclaustrado en el baño pero, con el tiempo, lo asumí a pesar de tener que cargar con las tareas de la casa, hacer las compras y estar por las dos niñas pequeñas que absorben más que un aspirador de gasolinera. Los primeros días, cuando le dejaba la bandeja de comida en el suelo, acercaba la cara a la puerta del baño para asegurarme de que estuviera bien:

     —Jorge, mi amor, ¿estás bien?

     —Todo bien chata. Aquí, concentrado con el curro. 

     Al cabo del tiempo me fui relajando. Estaba convencida de que Jorge era fuerte psicológicamente y que llevaba bien el encierro voluntario. Hasta que un día que cruzaba el pasillo con la cesta de la ropa sucia y pasaba por delante de la puerta del baño, escuché unos gritos apagados y unos jadeos cadenciosos, como si a Jorge le estuviera costando respirar. Me alarmé.

     —Jorge, ¿Estás bien mi amor? —le pregunté nerviosa pegando la boca a la puerta.

     —Sí chata, estupendamente. No te preocupes. ¿Vosotras bien? —contestó Jorge con dificultad desde el otro lado, como si estuviera haciendo aerobic.

     —No tendrás fiebre… ¿Respiras bien?

     — Estupendamente chata, me siento bien.

     —Es que he escuchado como unos jadeos y me he asustado.

     —Nada chata, es que estaba haciendo una videoconferencia de trabajo y he discutido con Lucía, la de Marketing. Hay muchos nervios en la oficina…

     —Chato, llevas una semana ahí metido, ¿Por qué no sales ya? Si hubieras tenido el coronavirus ya lo estarías notando ¿no?

     —De verdad cariño, es mejor que siga aquí, me da terror contagiaros. No te preocupes de verdad, esto se acabará pronto. 

     Desde aquel día me quedé preocupada. ¿Y si Jorge lo ha cogido y me lo está ocultando? Es capaz, con lo sufrido que es. Y si empeora, ¿qué hago yo?. Pero luego me dejaba descolocada cuando me pedía «doce latas de cerveza bien fresquitas y algo de picar» y me decía, a través de la puerta, que tenía una House party o algo así con sus amigos de promoción. Todas las noches, cuando estaba pegándome con las papillas de las niñas en la cocina o corriendo tras ellas para ponerles el pijama, escuchaba sus carcajadas; se moría de risa y no, como yo pensaba, de coronavirus.

     Una noche que acababa de cerrar el libro de Isabel Allende y apagar la luz de la mesita del dormitorio, me llegó un mensaje de whatsap. Encendí la luz, alargué el brazo para coger el móvil y, con el índice, medio dormida, abrí la foto que llegó al grupo que tenemos de matrimonios —debió equivocarse al enviarlo porque estaba dirigido a sus amigos del fútbol sala—. Era un selfie de Jorge. Su aspecto era deplorable, no era él, pero sonreía satisfecho como un niño: la barba de semanas, despeinado como un loco fugado, más blanco que el papel higiénico; vestía la camiseta de rayas negras y rojas del equipo. Al pie de la foto Jorge había escrito: «Chicos, llevo una semana con el Pornhub Premium gratis. La polla. Lo han abierto por la pandemia»

     A la mañana siguiente, muy pronto, me acerqué a la puerta del baño de puntillas para no despertar a las niñas.

     —Jorge… ¿Estás despierto?

     —Ummm… ¿Sí?—resonó dentro de la bañera una voz de ultratumba. 

    —Nada, que sepas que no funciona el wifi. He ido a ver el modem y le habían arrancado de cuajo las dos antenas y el cable. No sé qué voy a hacer con tus hijas. ¿Quieres desayunar hoy con nosotras? Hoy haré crepes.

 

 

David y Goliat

   

     Ya sé que hay gente muriendo cada día en todas partes y que los hospitales y morgues no dan a basto. Que sí, que esto es una locura; que es la peor de las películas de catástrofes que yo haya visto y que encima, como dicen en la tele, el tsunami de verdad, el económico, está por llegar. 

    Sin embargo para mí, Menchu Iturbe, este virus está siendo una bendición de Dios, un bálsamo inesperado. Me siento culpable al decirlo pero ha sido el único que ha conseguido, después de años de pesadilla, que pueda dormir por las noches sin tirar de Diazepam. 

    Ustedes no conocen a Gorka. La bestia entre las bestias. Las manos más grandes del barrio, las palmas de tornero más callosas —de sobra las conoce mi cuerpo—, El cerebro más pequeño de entre todos los cerebros de hombres. El padre de mi hija Estrella. Hasta hace dos meses, el que día tras día, se saltaba la orden de alejamiento y nos rondaba, nos mostraba sus colmillos, como un tigre de zoológico. Allí estaba, siempre acechando peligrosamente a escasos metros, observándonos desde la furgoneta cuando yo salía de casa con la niña e íbamos al parque, al súper, a visitar a mi hermana Irune. 

    «Te vas a enterar de quién soy yo», fue su sentencia, cuando se cruzó conmigo por última vez en los juzgados y que no me quito de la cabeza cada vez que lo veo afuera y nos ronda.  

    Era terror a todas horas a que el tigre saltara sobre nosotras. 

    Porque, a pesar de las llamadas a la Ertzaintza y las sanciones, Gorka se lo pasaba todo por el forro y me asaltaba en el portal, día sí y al otro también, y, arriconándome con su cuerpazo, me escupía a centímetros de la cara:

    —Zorra, a mí nadie me quita a mi hija. Te vas a enterar…

    Nunca dejaba de despedirse de mí cortándose el cuello con el pulgar. Nunca sabía cuándo lo haría de verdad. Por mucho que hubiera cambiado la cerradura, puesto tres pestillos y cambiara los horarios, me sentía la persona más indefensa de este mundo.  

    Ahora, increíblemente, desde que decretaron el Estado de Alarma, soy la persona más libre de Baracaldo. Hace semanas que no veo el tigre cuando salgo con Estrella al súper o la farmacia, a comprar lo necesario. Parece como si, al desaparecer la gente, los coches, los transportes de la calle, el tigre se hubiera quedado sin maleza donde camuflarse. 

    Puede que, además de ser el único en defenderme, el virus lo haya cazado. La historia se repetiría: un virus de microscopio, un David, infectando a un Goliat hasta la muerte.

 

 

Caperucita Roja. El confinamiento.

    

   

   

     Caperucita llevaba un mes y medio confinada con su madre en el pisito del pueblo.

     No lo llevaba mal, comparado con el palo de su padre. 

     La reclusión forzosa, el haber tenido que abandonar sus estudios de diseño de moda, el que su madre, autónoma, tuviera que cerrar su centro de yoga y estuviera viendo cada dos por tres, desde la app de la banca del móvil, como se adelgazaba el escuálido saldo… Todo, absolutamente todo, se le hacía llevadero comparado con el bombazo vivido hacía seis meses: su padre se fugó a la República Dominicana con su secretaria pelirroja de veintisiete años. Cariño, necesito un cambio de vida, le dijo su padre por teléfono cuando la llamó desde el aeropuerto para despedirse.    

     Fue su abuelita —la primera mujer del municipio de Villatoses en sacarse el carnet de conducir en el cuarenta y tres—, la que recogió los fragmentos de porcelana de su madre y los recompuso a base de pinceladas de buen humor, de positivismo y mucho flamenco. (No hubo un día, desde que se fuera la joyita del padre a Dominicana, que la abuelita no se acercara con sus vinilos debajo del brazo, caminando desde su adosado a las afueras del pueblo (siempre fue una mujer muy independiente) para pasar la tarde con su hija y Caperucita y echarse unos bailes con Calamaro, La Yiya, El Piki o El Jaraqueño. El buen carácter de la abuelita y sus dos mil voltios de energía eran contagiosos; mucho más que el virus con antenas que se había adueñado del mundo. 

     Sin embargo la piña que habían formado la abuelita con su hija y nieta, se desgajó nada más imponerse el Estado de Alarma. A los tres días del apocalipsis post-nuclear, ya se habían contabilizado en el pueblo quince casos de coronavirus. Los quince infectados eran miembros de la Asociación Cultural de Villatoses. Visto el panorama, Caperucita y su madre extremaron las medidas de alejamiento de la abuelita para no infectarla. 

     Aunque, cada día, Caperucita buscaba la excusa para visitar a la abuelita. Para no ir con las manos vacías y no la pararan en un control de la Guardia Civil, Iba antes al Condis a comprarle a la abuelita una barra de pan, unas piezas de fruta, yogures griegos que le encantaban y algo de verdura. 

     Era un lunes por la mañana cuando se tropezó con el lobo. 

     Caperucita, vestida con el mismo chándal rojo que no se quitaba desde que comenzó el confinamiento, se dirigía andando a la casa de la abuelita y ya salía del pueblo fantasmagórico por la carretera principal. Escuchaba por los auriculares la canción “De aquí no sales” de Rosalia y tatareaba el estribillo debajo de la mascarilla. Además de llevar la bolsa con víveres, Caperucita había pasado por la farmacia para llevarle unos caramelos Halls de miel que le había pedido. 

     —¿A dónde vas guapa? —le preguntó el lobo desde el interior de su Seat ibiza Cupra tuneado aparcado en el arcén. Su aspecto era desaliñado, le faltaba un buen afeitado, su piel oscura podría ser argelina y un tic intermitente en el labio descubria la ausencia negra de los colmillos. Había sacado el brazo peludo por la ventanilla para echar la ceniza del porro. De su muñeca colgaba un no me olvides dorado, grueso como el collar de un perro.

     —A llevar esto a casa de mi abuelita —Le contestó Caperucita levantando la bolsa del Condis y mirando a los lados buscando vecinos. Era la primera vez que lo veía por el pueblo y no le gustó nada. 

     Caperucita pasó de largo y, acelerando la marcha, se alejó de aquel tipo que no le daba buena espina. 

     Cuando no le faltaban más que veinte metros para llegar a la casa de la abuelita —Caperucita seguía escuchando a Rosalía y no se percató de los pasos a su espalda—, un fuerte brazo la aprisionó mientras le ponían un pañuelo con formol en la cara. No tuvo ninguna opción. El mundo le empezó a dar vueltas y se desvaneció. 

     El Nissan Patrol de la Guardia Civil estaba medio cruzado en la carretera que une Puenteperros con Villatoses. El cabo Moreno y el guardia Gutiérrez, ataviados con mascarillas y guantes de látex y cumpliendo las órdenes de mantener a los vecinos en sus casas, vieron llegar un Seat Ibiza Cupra color amarillo y le dieron el alto. El vehículo aparcó delante del Nissan. Mientras el guardia Gutiérrez se quedaba dentro chequeando la matrícula, el cabo Moreno se acercó al costado del conductor y mantuvo el metro de distancia obligatoria entre personas.

     —Buenas tardes —saludó el cabo cuando el Lobo bajó la ventanilla del conductor. Una nube espesa de humo salió del coche y el perfume a porro llegó hasta la nariz del funcionario— Apague el motor si es tan amable. ¿Cual es el motivo de que esté usted en la carretera?

     —Pues mire agente, voy a la farmacia de Puenteperros a comprarle aspirinas a mi abuela que ha cogido el coronavirus ese. Vive en Villasoles… digo… Villatoses—contestó el lobo arrastrando las palabras e intentando mantener los ojos abiertos del cuelgue de marihuana que llevaba.  

     —¿Coronavirus dice? —preguntó alarmado el guardia.

     —Sí, pobrecilla, la pobre está en la mierda. 

     Dentro del coche patrulla el monitor conectado a la central comenzaba a volcar información del Seat Ibiza Cupra amarillo y de su dueño: el vehículo estaba a nombre de un tal Juan Antonio Muelas Devoto, alias “El Lobo”. Treinta y ocho años. Natural de Potes. Soltero. No llevaba en la calle más de una semana libre, después de pasarse en prisión diez años por dos agresiones sexuales a ancianas y cinco violaciones a mujeres… 

     El guardia Gutiérrez ya tenía bastante. Salió del coche y se acercó a su compañero para informarle al oído:

     —Ojo con este, que es una joyita. 

      —¿Me puedo ir ya? Mi abuela se muere —Dijo el lobo intentando mantener la calma. Unas perlas de sudor le asomaban en la frente. 

     Justo en el momento en que el cabo Moreno le iba a dejar marchar —sabía que algo iba mal pero no tenía pruebas de nada—, se oyeron unos golpes que venían desde el maletero: ¡Bum, bum, bum!

     Fueron décimas de segundo, un cruce de miradas entre los dos guardias, las manos a las pistolas, el coche que arranca un ¡Alto, deténgase! un acelerón, un derrape que levanta una nube de polvo y gravilla y el Seat Ibiza que se escapa unos metros, un segundo ¡Alto! e, inmediatamente, dos disparos a los neumáticos que dan en el blanco y hacen que el coche pierda el control, se salga de la calzada y choque contra un muro de piedra. 

     Al lobo lo encontraron semi inconsciente, con la cabeza ensangrentada sobre el volante. Al Seat Cupra tuneado no le funcionó el airbag y el desdichado no llevaba puesto el cinturón de seguridad. La sorpresa que se llevaron la pareja de la Benemérita cuando abrieron el maletero fue descomunal: dentro estaba Caperucita, amordazada con cinta americana y con la mirada extraviada del terror vivido. Por suerte la dosis de formol no fue suficiente para mantenerla dormida mucho tiempo y Caperucita, a base de patadas y medio aturdida, pudo llamar la atención de los guardias. 

     A la semana siguiente, Caperucita recibió un mensaje de su padre por whatsapp. Era el primero desde que se fugó con la secretaria: «Caperucita cariño, no te puedes imaginar la angustia que he pasado viéndote en las telenoticias de aquí, ¿Estás bien?»

 

 

Nos quedamos en casa

 

     

     Lola y yo tenemos el Coronavirus. 

    No se lo hemos dicho a los hijos, ni a los nietos. Ni se lo diremos. Bastante tienen ya con la que está cayendo. ¿Para qué contarlo si, como dicen en las noticias, ya no hay arreglo?. Desde casa nos iremos despidiendo cada día de ellos, asomándonos a esas videoconferencias que nos han dado la vida todo este tiempo y nos han acercado un poquito más. Lo bien que lo pasamos con las bobadas y bromas de nuestros tres nietos. Han heredado el buen humor y el optimismo de esta familia. 

    Nunca me pude imaginar que de este encierro ya no saldríamos. Que del bombo de esta pandemia nos tocarían dos bolas negras. Así de sencillo. Lo que peor llevamos —es algo que Lola y yo pensamos pero no nos atrevemos a decir—es que no podremos despedirnos, ni nadie nos podrá venir a despedir.

    Tampoco, con las prisas, pudimos decirle adiós a nuestro Gijón, a los lunes a la seis en la coral de la colegiata, a las sidras los domingos en la plaza San Miguel, a los pinchos con Lola y los amigos, a los baños en la Playa de San Lorenzo en pleno Enero, a las discusiones de religiones, fútbol y política con mi amigo Toño, con unas cañas por testigos.

    Repaso mentalmente los planes de un futuro del que ahora me río, las ilusiones en conserva que degustaríamos muy despacito para no acabarlas: como el viaje en crucero por nuestras bodas de oro que teníamos pagado y la graduación de Marcos, nuestro nieto médico. Poco más. 

    Nunca como en estas circunstancias se ha confirmado tanto que el futuro será para los jóvenes. Nosotros, los más mayores, nos hemos de conformar con las migajas del pasado y racionar los amaneceres. 

    Desconozco dónde y cuando me infecté. Al principio y a pesar de la prohibición de no salir, yo ponía cualquier excusa para hacer mis paseos por el espigón o ir juntos con Lola al mercado artesanal de la Plaza Mayor. Tal vez allí, me contagié. Pero eso ya no importa. Una vez, regresando de leer el diario en el Parque del Cerro, tuve que mentirle a un policía municipal: 

    —¿Puede decirme por favor a dónde va?  —me preguntó el agente.

    —Voy a la farmacia —mentí. 

    Nuestros hijos nos regañaban como a niños: por favor, no salgáis de casa, nos rogaban cada vez con más vehemencia. 

    Una mañana, afeitándome delante del espejo del baño, empecé a toser. Al mediodía las primeras décimas. A los dos días, Lola cayó también.

    Ayer, mirando el telediario en el dormitorio, los dos desde la cama, incapaces de mover un músculo— ríete del reuma—, con tembleques por la fiebre, respirando con dificultad, sin dejarnos de dar la mano. Entonces lo entendimos: «Colapso de la sanidad», «No nos queda otra que salvar a los más jóvenes», «Únicamente cuidados paliativos para “los más mayores”». Una cosa es saberlo pero cuando te lo dicen a la cara es mucho peor: somos esos, los más mayores, los que, hoy más que nunca, la sociedad tiene que sacrificar. 

    Lola, mirándome con los ojos mojados y sin poder reprimir la tos, fue la primera en atreverse a decirlo en voz alta:

    —Jose, nos quedamos en casa. 

   —Sí Lola, aquí nos quedamos —le dije. Y nos abrazamos.

 

 

La misión

   

   

     El super agente Cobiv-19 recibió las órdenes ultra secretas, junto con el cilindro negro de metal, directamente de manos del director supremo. 

    Sin decir nada a nadie y menos a su familia, el virus con licencia para matar fue introducido en los conductos de ventilación de una empresa china fabricante de móviles: MEIZU. Dejándose arrastrar por la corriente, el agente Covid-19 viajó por el laberinto de túneles hasta que, pasados justo los cuarenta y cinco segundos programados, llegó a la rejilla de salida del aire en el despacho de su objetivo. Con mucha pericia y sangre fría, el agente Covid-19 se hinchó como un pez luna para amortiguar la caída y saltó desde una altura de dos metros y medio sobre la calva de Chen-Li, el director de ventas de la multinacional que se encontraba en una reunión con su equipo. Lo infectó sin titubeos —. Inteligencia había escogido a ese hombre porque al día siguiente tenía previsto un viaje comercial a USA. 

    Al llegar al aeropuerto Robert Kennedy de Nueva York y a la altura de la parada de taxis, el agente Cobiv-19 fue propulsado por un estornudo de Chen-Li hasta la corbata de Nick Bolton, un alto funcionario del Pentágono que, en ese preciso instante, salía de un taxi amarillo, se cruzaba con el Chino y se dirigía corriendo a la Terminal para tomar, por los pelos, un vuelo con destino a Washington. 

    Cuando el sobrecargo del avión anunció por megafonía que comenzaban el descenso, Nick se ajustó el pisacorbatas —tenía esa manía cuando iba a aterrizar— y fue en ese instante cuando el agente Covid-19, que lo tenía todo planeado al milímetro, aprovechó para saltar y pegarse con sus ventosas mocosas a su mano derecha. Allí aguardaría a que Nick, a la mañana siguiente, saludará en una convención republicana al viejo senador Carry Lomas, un conocido negacionista y asesor de la Casa Blanca. 

    El agente Covid-19 sabía que estaba muy cerca de su objetivo: el senador Lomas se reuniría, al día siguiente por la tarde, con el mismísimo presidente Donald Trump en la Casa Blanca. El único peligro de que la misión fracasara era que Carry Lomas no podía demorarse mucho en darle la mano. Al agente Covid-19 le quedaba el tiempo justo para infectar al presidente de los estados unidos o, por el contrario, moriría precipitándose al suelo por el esfuerzo de mantenerse pegado con su corona de ventosas a la palma de la mano del senador Lomas. Es de todos sabido que la vida de un virus en acto de servicio es corta y muy sacrificada. 

    Justo cuando al agente Covid-19, tumbado en la palma de la mano de Lomas y sin apenas fuerzas, se le nublaba la cabeza y se despedía mentalmente de su mujer y dos hijos, escuchó al senador que se acercaba a saludar a su presidente en el despacho oval:

    —Donald, ¿qué tal estás amigo?

    —Carry, viejo lobo, ¿has oído en las noticias la de gilipolleces que se cuentan en Europa del puto Coronavirus ese?

    —Creo presidente que este virus te ha puesto en bandeja el cierre de todas las fronteras. Se acabó la inmigración. 

    Y, con esta rotunda afirmación, el senador Lomas, por fin, le dio la mano a Donald Trump y el agente Covid-19 pasó de mano en mano y, al cabo de cinco minutos, cuando el presidente se llevó los dedos al ojo derecho para rascárselo, el agente se introdujo como un ninja por el lacrimal y, abriendo el cilindro negro de metal, dejó que los cincuenta virus jóvenes que transportaba en su interior, se descolgaran haciendo rapel por su laringe y llegaran hasta los pulmones. Allí trabajarían día y noche, durante catorce días, hasta que su víctima dejara de respirar.

    El agente Covid-19, satisfecho con el cumplimiento de su deber, se recostó sobre una pared de la cavidad nasal del presidente, se despidió de su familia con un sentido «siempre os querré», dibujó dos sonrisas de satisfacción con sus dos labios y cerró sus cuatro ojos.

 

 

Cleopatra

   

   

     Ya están discutiendo mis padres otra vez. 

    Antes de la cuarentena al menos lo hacían de noche, en su dormitorio. Con la excusa de verse lo menos posible, llegaban tarde de sus trabajos —a eso de las nueve y media, diez—, cansados y con pocas ganas de presentar batalla. Aunque siempre había uno que picaba al otro. A esas horas mi hermano pequeño Julio y yo ya nos habíamos hecho una pizza o unos sandwiches e, inmediatamente, nos escabullíamos a nuestros refugios antiaéreos. Así, cuando empezaban a martillearnos con sus chillidos sordos a través de la pared, yo ya estaba lejos, viajando con una novela y Julio mataba zombies con la Play en su habitación —No sé cuántos libros de aventuras y viajes me habré leído desde que mis padres comenzaron la guerra—. Sin embargo, con esta nueva situación surrealista de la pandemia, las cosas son distintas. La tensión en casa se hace insoportable. El piso es tan pequeño que todos sus rincones están ocupados por un gas irrespirable, de denso resentimiento que, al mínimo roce, a la mínima chorrada, se inflama. Antes de estar encerrados mis padres disimulaban su mal rollo por nosotros. Al menos se peleaban con educación. Ahora, desde hace una semana, parece que hasta nosotros les damos igual y se insultan abiertamente. 

    Hoy, antes de comer, cuando mi padre veía en el salón el canal veinticuatro horas de noticias, mi madre, histérica con el encierro, con el futuro, con las tareas de casa, con un chándal de andar por casa y ningunas ganas de arreglarse para él, de pie y los brazos en jarras, le ha soltado a mi padre:

    — Llevas dos semanas delante de la tele rascándote los huevos. Joder, podrías por lo menos jugar a algo con tus hijos o espabilarte y empezar a dar voces que te van a echar ya… 

     Y mi padre, que no suelta su lata de Cruzcampo desde que empezó la cuarentena y sin quitar la vista de la pantalla de plasma, le ha soltado a bocajarro: 

    —Te voy a cerrar tu puta boca como no te calles. 

    Ahora me da miedo que mi padre, que está desconocido y agresivo de no hacer nada más que esperar a que le despidan de la empresa de construcción, le haga daño. No hay una noche, desde que nos tuvimos que aislar en casa, en que Julio, después de destripar miles de zombies, con los ojos rojos y medio temblando, se meta conmigo en la cama y se tape las orejas con la almohada. Yo le acaricio el pelo rojo, mientras paso las páginas de mi libro e intento concentrarme en mi aventura.  

    Llevamos dos semana encerrados en casa y esto, por lo que cuentan en el telediario, va para largo. Suerte que yo puedo viajar, a pesar de las prohibiciones, y escapar de esta pesadilla. 

    Haga sol o esté nublado y mientras mi madre hace la comida y mi padre se congela delante de la tele con sus latas de cerveza, yo salgo a la terracita con mi alfombra mágica. Es la alfombrilla rosa de la ducha. Afuera no cabe una mesita, ni una silla, tan solo hay dos geranios resecos colgados de la barandilla. Pero la alfombra cabe justa en el suelo y, después de cerrar la puerta corredera para que no me molesten, me siento sobre ella con las piernas cruzadas, al estilo Aladino. Aunque esta vez, en este viaje, seré Cleopatra. Cuando llegue a Egipto para verme con Julio César en su palacio, justo antes haré que una criada me envuelva dentro de mi alfombra para sorprenderle, ganarme su confianza y recuperar mi reino, mi libertad. 

    Antes de comenzar el viaje hacia Egipto, cierro los ojos con todas mis fuerzas y tomo mucho aire, sin importarme respirar virus que me contagien. (Los que tengo en casa son mucho peores). Luego me agarro muy fuerte a las esquinas de la alfombra y, poco a poco, apagando las luces de mi cabeza para despegar, dejo que mi imaginación me vaya elevando suavemente. 

    En dos minutos ya estoy sobre las azoteas de las casas. Veo abajo a una vecina que barre su terraza pero no me ve, soy tan invisible como ese maldito Coronavirus. La alfombra me eleva hasta estar por encima de la ciudad fantasma. El aire fresco me da en la cara pero no tengo frío, encima del chandal llevo puesto el plumífero. Abajo en las calles no hay nadie. Solo un coche militar recuerda por un altavoz que no se está rodando ninguna película, que esto que estamos viviendo no es ninguna ficción. Entonces mi alfombra llega a la altura necesaria, toma velocidad y, en cuestión de segundos, desaparecemos entre las nubes rumbo a África. 

    —Julio, el próximo viaje, te prometo que te llevo—pienso en voz alta. 

 

Un estanque helado

 

     La vida es tan impredecible y despiadada que hoy puede cubrirte con una espesa y cálida manta y, cuando más a gusto te sientes, es capaz de arracártela de golpe y dejarte que te congeles de frío.  

     No dejo de estremecerme al pensar que, hace tan solo unos días, nuestras vidas transcurrían por fin ordenadas y tranquilas tras largos años de zozobras con el negocio de Alonso, de lucha constante por encarrilar las vidas de nuestros dos hijos, tras años buscando un resquicio en mi atareada vida para poder escribir. Estábamos, por fin, tranquilos de que Amaya, nuestra hija mayor, la más rebelde y difícil, estuviera feliz con su máster de filología hispana en Edimburgo. Nos sorprendió gratamente que incluso consiguiera la beca del gobierno Escocés. Nuño, el pequeño, también nos dio quebraderos de cabeza con los estudios y con algunas amistades indeseables aunque, finalmente, obtuvo el título y consiguió un puesto de profesor de historia en la universidad de Comillas. Vivía, desde hacía dos meses, con una tal Begoña que todavía no conocíamos. 

     Todo estaba en orden.

     Los últimos días de calma disfrutábamos de una rutina sin duda merecida. Mientras Alonso trabajaba de sol a sol en su restaurante, yo era feliz en nuestra preciosa y querida casona de Comillas que Alonso heredó al morir sus padres—estaba la mar de orgullosa de haber reconvertido el pequeño patio destartalado en un jardín del Edén sembrado de hortensias, dalias, jacintos y tulipanes que comenzaban a despuntar—. Con Luna, nuestra Border Collie café con leche,  nos dábamos juntas nuestro paseo matutino desde la calle de Calvo Sotelo hasta la playa. Allí nos reuníamos con más perros y charlaba con sus dueños Ali, Sonia y Fernando, sobre los gramos de pienso que les dábamos de más o de menos, nos prestábamos secretos de cómo mantener su pelo más brillante o sobre cual aspirador succionaba más pelo de perro por metro cuadrado. Sin prisas, cuando ya nos habíamos enseñado las últimas fotos y memes del whatsap, regresábamos a casa y, de camino, a la altura de la Plaza Corro, compraba algo de fruta, jamón cocido o verdura para hacer cenas ligeras—tenía que cuidar de los triglicéridos de Alonso—. Sobre las diez, recién duchada, vestida con el pantalón de chándal y mi querida camisa a cuadros de algodón, me sentaba con un té en mi escritorio pegado al ventanal del salón y vistas al jardín, encendía el portátil del Cretácico y me enfrascaba a tejer las palabras de mi segundo libro de cuentos.   

     Las tardes en casa, antes de que mi vida se partiera en pedazos, eran igual de plácidas. Después de comer una pechuga de pollo descongelada y una ensalada con lo que pillaba en la nevera, hacía mi siesta de media hora en el sofá, acurrucada bajo la manta beige de coralina, delante de los anestesiantes documentales de animales de la dos. El despertador eran los gritos o gruñidos de algún mono o león que me recordaban que tenía un libro por leer —no había tarde que no leyera, era para mí como ir a un gimnasio para ejercitar mi escritura–. “El infinito en un junco” fue mi última adquisición en la librería Gil de Santander. Envidiaba la pasmosa habilidad de Irene Vallejo al engatusarme con sus relatos de sirena y trasladarme hasta los buenos tiempos de la biblioteca de Alejandría. A eso de las ocho de la tarde, los ladridos de Luna me devolvían a la realidad y anunciaban la llegada de Alonso. Había costado mucho tiempo pero, al fin, tenía un buen equipo de gente en el restaurante, y se quedaba tranquilo de dejarles al mando del turno de cenas. Sacaba a Luna diez minutos por el barrio—era su modo de bajar la presión del día—, luego pasaba por la caseta de madera que usábamos de garaje, a saludar a su BMW clásica y sacarle con la gamuza más brillo al brillo y, al cabo de diez minutos, entraba en casa; con todo su cuerpo de oso grizzly, caía derrengado en la silla del comedor, rasgaba con su dedazo pulgar las tres facturas del buzón mientras yo iba dejando sobre la mesa la bandeja con sus verduras deprimentes, tres tristes rollitos de jamón cocido o queso de Burgos y las tostadas con aceite. A pesar de su cara de perro apaleado por la cena de hospital, Alonso no me daba ninguna pena. Sabía de sobras que se pasaba por el arco del triunfo sus triglicéridos y que desayunaba y comía en el restaurante como un emperador. Al final era yo la que tenía bajísimos los niveles de triglicéridos y colesterol. 

     Pero aquella apreciada rutina, como si fuera un estanque helado y patináramos de la mano sobre su superficie acristalada, se fracturó y caímos a las aguas heladas y oscuras de lo desconocido. Durante las dos últimas semanas, los Telediarios solo mostraban tormentas negras cargadas de virus que se acercaban a España y yo, inconscientemente, me acurrucaba más en el sofá bajo la manta. Que si había ya un caso de un italiano contagiado en Canarias. Que si dos cruceros y un hotel en cuarentena. Las noticias de Italia y las cifras imparables de contagiados tampoco parecían halagüeñas. Las imágenes me parecían irreales, me recordaban a esas películas de catástrofes en las que muere hasta el apuntador. Pero, aún a sabiendas de que la tormenta perfecta se estaba irremediablemente formando en el punto de eclosión, a Alonso y a mí aquel problema nos resultaba lejano e incomprensible, como que no iba con nosotros. Pero un día, las nubes de guerra empujadas por el viento, llegaron a casa y nos pillaron por sorpresa. 

     Todas la alarmas comenzaron a saltar y el mundo entero se encerraba en casa. Todos menos Alonso que el viernes tuvo que coordinar una boda en el restaurante. A pesar de las recomendaciones de evitar cualquier tipo de congregación, los novios no la cancelaron, Alonso no quiso dejar de ganar ese dinero y ciento cincuenta invitados comieron, bebieron, bailaron, sudaron, se besaron, se abrazaron y se tosieron desde el mediodía hasta las cinco de la madrugada en un local cerrado, en una trampa. Ignoro si fue aquella noche cuando Alonso lo cogió. O si fue un día cualquiera, con el restaurante hasta la bandera de clientes. Indudablemente Alonso vivió aquel tiempo en una constante sobreexposición.  

     Fue el domingo quince de Marzo—no creo que nunca olvide esa fecha, esa semana—, paseando a Luna por la playa, cuando Alonso comenzó a encontrarse mal, a sentirse muy cansado. Acababa de hablar con los niños por teléfono: las escuelas y universidades se cerraron y Nuño se confinó con Begoña. Amaya decidió quedarse en Edimburgo encerrada en el piso que compartía con otros cuatro estudiantes. Ese domingo, al volver del paseo con Luna, nos recluímos indefinidamente en casa. Alonso se pasó la tarde tirado en el sofá, sin fuerzas ni ganas de nada. Comenzó a toser. Yo no paraba de hacerle infusiones. Al ver sus síntomas decidí fabricar unas mascarillas caseras aprovechando unas servilletas viejas y cinta elástica que tenía en la caja de la costura. Intentaba mantener la calma y convencerme de que lo de Alonso iba a ser una gripe pasajera, que a nosotros no nos había tocado la china. Los niños y mi madre me llamaban preocupados por nosotros. Por la noche, a eso de las dos de la madrugada, le subió la fiebre a treinta y nueve. Llamé veinte veces al 061, el teléfono de consulta del coronavirus de la Comunidad, para contrastar información pero no cogían el teléfono. Le alternaba Paracetamol con Ibuprofeno, la fiebre le bajaba a treinta y siete pero, a las pocas horas, volvía a subir. Al día siguiente lunes se quedó en la cama. Estaba molido. Sin muchos cambios estuvimos así hasta el jueves que fue cuando comenzó a tener problemas al respirar. Me asusté mucho. 

     —Ahora mismo llamo a Nuño para que te lleve al hospital—le dije tocándole la frente con la palma de la mano. Maldito el día en que decidí no sacarme el carnet de conducir, pensé. 

     —No, esperemos un poco, los hospitales están hasta arriba yo seré una carga, me contestaba Alonso con un hilo de voz y cogiéndome la mano para calmarme. 

     No hacía falta hacerle muchas pruebas para saber que mi marido era un nuevo positivo. El viernes por la mañana lo noté peor. 

     —Cariño, vamos al hospital, no podemos esperar más—le dije. Él respiraba como un tuberculoso. No era consciente de lo que le decía. Parecía ido. Cogí el móvil y llamé a Nuño.   

     Con su ayuda, él es igual de grande que su padre, conseguimos bajar las escaleras desde nuestro dormitorio al salón y cargar con él hasta el garaje de casa. Era como llevar colgado de los hombros un borracho en nochevieja. Lo acomodamos en el asiento delantero y yo me metí detrás. Al llegar al Hospital Universitario en Santander, Nuño aparcó en la puerta delante de urgencias y salió en busca de ayuda. Yo, con el corazón a doscientos, le acariciaba la cara caliente a Alonso y le decía, sin estar muy segura, que todo saldría bien. Estaba medio dormido y no decía nada. A los pocos minutos salió Nuño acompañado de dos astronautas empujando una silla de ruedas. Le daban órdenes a Nuño:

     —Por favor váyanse a casa, nosotros nos encargamos. No pueden estar aquí, váyanse a casa en cuanto lo saquemos. 

     Nuño se dirigió a la puerta del conductor y se quedó de pie, impotente, con la cara desencajada, observando cómo los dos sanitarios con trajes blancos de protección extraían a su padre, lo sentaban como un fardo en la silla, se alejaban de nosotros y desaparecían con él por donde habían salido. No me dejaron bajar a despedirle. No pude abrazarle, besarle, decirle las cosas que se dicen a toda prisa cuando te arrebatan a la persona que más quieres.   

     —¿Cómo sabremos de él?—les pregunté. Pero ellos ya se habían ido. 

     Al llegar a casa, Nuño decidió instalarse conmigo, llamamos a Amaya por Skype para informarle. Entonces fue cuando lloramos los tres desconsoladamente de tristeza, de incredulidad. Me cojo un avión y vengo mamá, me repetía Amaya, pero sabía que era materialmente imposible y eso le creaba aún más ansiedad. Esa noche y toda la madrugada me las pasé en el salón esperando noticias, recibiendo por whatsap mensajes de amigos, comiéndome la cabeza y fumándome el paquete que había escondido en el garaje la última vez que lo dejé. Habíamos llamado al Hospital infinitas veces pero siempre comunicaba. No era real lo que nos estaba ocurriendo. 

     El Sábado, a las doce del mediodía, conseguimos comunicarnos con el Hospital. Yo no había dormido nada y seguía envuelta en una nube vaporosa e ingrávida. La voz de una mujer al otro lado me pidió datos de Alonso y mi número de móvil —se oía jaleo de voces—, y me dijo que llamarían en cuanto pudieran, que estaban saturados y que fuéramos pacientes. Hasta las seis de la tarde no tuvimos las primeras noticias de Alonso. Fue un parte conciso y sin florituras: 

     —Soy la Doctora Torres. Su marido ha ingresado en la UCI con insuficiencia respiratoria. Ahora se mantiene estable dentro de la gravedad—dijo la voz de una mujer joven a través del altavoz del móvil.

     —Dios mío, Alonso…—me costaba respirar. Solo podía apretar la mano de Nuño lo más fuerte que podía. 

     —Se encuentra ahora mismo en coma inducido. Ha requerido intubación y le estamos suministrando antibióticos para luchar contra la inflamación pulmonar. Vamos a hacer todo lo posible para que se recupere. ¿Tiene cincuenta y cinco años verdad? 

     —Si…

     —Es joven. Ya verá cómo se sale adelante. Cada día, sobre la seis de la tarde, la llamaré para informarla de su estado. Muchos ánimos…. 

     —Muchas gracias… por favor, dígale que no está solo, que le queremos… 

     —No se preocupe. Se lo diré. Nosotros le cuidaremos, no estará solo. Y colgó. 

     Esperar el parte cada día era para mí como estar en una celda aguardando una sentencia. Las mañanas las rellenaba de tareas en casa para estar entretenida pero no me quitaba de la cabeza la imagen de Alonso solo, intubado, rodeado de cables y chismes electrónicos escupiendo pitidos. Seguía sin creerme que no estuviera en su restaurante ordenando mesas, repasando menús, comprando víveres, tomándose un chupito con algún cliente rezagado. No me cabía en la cabeza, cuando miraba su lado de la cama, que pudiese estar lejos de mí, postrado en una unidad de cuidados intensivos. Se me partía el corazón de no poder estar allí con él, tenía la dolorosa sensación de que lo estaba traicionando. 

     A las cuatro de la tarde, como un reloj y sin haber podido dormir la siesta, me sentaba en el sofá del salón junto a Nuño y, como en una sala de espera imaginaria, esperábamos la llamada de la Doctora Torres. Mientras contaba los segundos y minutos, yo no dejaba de pensar en alto sobre Alonso, lo necesitaba para rellenar lo vacía que estaba la casa sin él. Seguramente sería una forma de autodefensa, de alejar malos presagios. No sé a qué cuento vino, un comentario de Nuño tal vez, pero nos reíamos de su forma de ser:

     —Tu padre es de esos que telegrafía lo que va a decir. Pocas palabras, las básicas. Como su vida: su familia, su restaurante, su moto, sus amigos y una copa de buen vino. Sin sofisticaciones. Pero me hace feliz, a pesar de ser huraño y tozudo—le decía a Nuño esbozando una sonrisa. 

     —Ja,ja,ja, es igual de lerdo que su padre expresando sentimientos —decía Nuño—. En cambio, es alucinante cómo puede cambiar con dos vinos y entre amigos, sorprende lo cariñoso, sociable, hablador y cachondo que puede llegar a ser. A ver si cuando acabe esta mierda, nos cogemos juntos un pedo bueno y nos damos un abrazo de esos largos…

     —Tú eres clavadito a él —le decía dándole una palmada en la rodilla—. Para mí, que llevo veinticinco años casada con tu padre, es la persona más generosa y sensible que conozco. Acuérdate, si no llega a ser por su cabezonería y aún sabiendo que bajaríamos los ingresos en casa a la mitad, yo no hubiera dejado el trabajo de copy en la agencia de publicidad para dedicarme a escribir. 

     Muchas veces teníamos que esperar hasta las siete y media, incluso las nueve de la noche para saber algo. Las noticias no eran buenas, tampoco malas porque, dentro de la gravedad, Alonso se mantenía estable y llevaría tiempo vencer al enemigo. Como a todos los contagiados, era un conejillo de indias más. Iban probando con ellos diferentes antibióticos, pócimas milagrosas, hechizos. Las UCI de todo el país se iban informando entre ellas de los progresos o fracasos de sus experimentos. Estaba convencida de que, al final, darían con la medicina adecuada para Alonso.

     El lunes ocurrió algo precioso. Amaya decidió por su cuenta enviarle a su padre una breve carta desde Edimburgo. Lo hizo por mail al correo electrónico del Hospital Universitario Marqués de Valdecilla. En el mail les rogaba que se lo hicieran llegar a su padre. Estaba convencida de que no estarían para ver mails en el correo, ni mucho menos para hacer de carteros reales. Sin embargo y para su sorpresa, recibió contestación: «No te preocupes Amaya, nosotros le leeremos la carta a tu padre. Si queréis enviar más, nosotros se las leemos. No sufras que cuidamos mucho de tu padre.»

     Cuando Amaya nos reenvió la respuesta del hospital, me saltaron las lágrimas de agradecimiento. Por primera vez tuve la sensación de que Alonso estaba en las mejores manos, de que además de sanar cuerpos, aquella gente tan estupenda estaba sanando espíritus, reconfortando a sus miles de pacientes aparcados por pasillos, salas atiborradas y rincones insospechados. Los imaginé, dentro de sus trajes espaciales, leyendo tras sus mascarillas cartas de padres, de hijos, de nietos, de amigos. Sabía que, a pesar del coma y de estar profundamente sedado, Alonso escucharía nuestras palabras de ánimo y amor y que, a pesar de lo brutote y seco que es, alguna lagrimilla se le escaparía. 

     Hoy hace once días que Alonso ingresó en la UCI. Estas líneas las escribo desde mi escritorio con vistas al jardín. Son las ocho de la mañana y el día se presenta claro, fresco y soleado. Luna está bajo mis piernas, esperando a dar su paseo por la playa. A la vuelta compraré pan y algo de vino y queso para la cena. Pasaré con el aspirador los cientos de pelos arrinconados de Luna, cocinaré unas lentejas con chorizo que tanto le gustan a Nuño y, a las cuatro, volveremos a la sala de espera a que llame la Doctora Torres. Ayer le enviamos nuestra tercera carta a Alonso. Gracias a ellas pronto lo subiran a planta, estoy segura. Lo que no le he dicho, por supuesto, es que estoy tosiendo un poco y que tengo unas décimas. Nada alarmante que no se pueda arreglar con esperanzas y una copa de vino.      

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